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Resumen
La escasa atención prestada en la historiografía chiapaneca a la pandemia conocida como “influenza española”, no impide reconocer su afectación en vidas humanas en el estado del sureste mexicano, en concreto a finales del año 1918 y principios de 1919. Ante el desconocimiento del virus causante de los rápidos fallecimientos, en la época se recurrió a los remedios conocidos de anteriores epidemias de influenza, así como a los saberes de los escasos médicos que vivían en Chiapas. En tal sentido, en el presente artículo se ofrece la extensa respuesta que el doctor Gustavo Gómez Azcárate hizo a la solicitud del gobierno estatal para establecer medidas preventivas y antídotos destinados a enfrentar la enfermedad. Una respuesta que se contextualiza históricamente para entender las dificultades a la hora de atender una emergencia sanitaria, como la que ocasionó la pandemia de influenza, debido a las carencias materiales y científicas del momento.
Introducción
Pasada la pandemia del COVID-19, no resulta extraño volver la vista atrás a lo sucedido en Chiapas durante otra calamidad conocida en la historia como “influenza española”. En México, junto a ese nombre popularizado, aparecieron otros: “muerte púrpura”, “peste roja” (Márquez y Molina del Villar, 2010, p. 124) y el “trancazo”(Gómez, 2020, p. 593). En el estado fueron empleados “influenza catarral” y “gripa de fuerza respiratoria”.1
Se debe incluir dicha enfermedad en el grupo de epidemias que han recorrido la humanidad con una profundidad histórica no siempre posible de discernir (Ranger y Snack, 1992; McNeill, 2016; Galeana, 2020), aunque su acotamiento geográfico se transformó, según el historiador Emmanuel Le Roy Ladurie (1989, p. 33), desde el siglo XIV con su “unificación microbiana”, retomando lo expuesto por el estadunidense Woo- drow Borah. Acerca de México algunos trabajos repasan el papel de enfermedades y epidemias antes y después del arribo de los castellanos a tierras americanas (Florescano y Malvido, 1982; Lovell y Cook, 2000; Mandujano et al., 2003; Valdés, 2013). Incluso para el periodo entre 1821 y 1910 se ha calculado el desarrollo de 50 epidemias en todo el país (López et al., 2017, p. 93), muchas con afectación en el territorio chiapaneco.
En ese panorama epidémico el sorprendente arribo del COVID-19 no lo fue tanto para los especialistas, quienes sabían de esa posibilidad por los conocimientos acu- mulados, de los cuales formó parte la composición genética del virus causante de la influenza española (Echeverri, 2018, pp. 19-20). Ahora bien, estos logros científicos no evitaron los numerosos fallecimientos a causa del coronavirus, lo que extrapolado al siglo pasado dimensiona la situación de la población entre 1918 y 1920, fechas que condensaron las tres olas de la pandemia (Porras, 1994, p. 76), brotes diferenciados por el alcance territorial y la repercusión luctuosa, aunque el segundo, el cual arribóa Chiapas en el otoño de 1918, más extendido y mortífero (Patterson y Pyle, 1991). Los meses comprendidos entre octubre y diciembre de 1918 agruparon el impacto de la enfermedad en territorio chiapaneco, ratificado por el optimismo oficial y de la opinión pública que la dio por terminada al finalizar tal año. Sin embargo, si se conoce el fun- cionamiento de los virus, resulta dudosa su rápida desaparición o que sus secuelas no afectaran a la población, al menos durante los primeros meses de 1919.
Respecto a la influenza española se ha asumido que en México entró por la frontera norte con Estados Unidos y el puerto de Veracruz; afirmación que olvida, en el caso de Chiapas, su vínculo con Centroamérica. Según Richard N. Adams, por ejemplo, el virus ya había sido detectado en El Salvador y Guatemala en agosto y septiembre de 1918 (Adams, 1997, p. 484). También se debe señalar que cuando llegó la influenza española, Chiapas vivía una compleja realidad por el conflicto entre el gobierno estatal partidario del presidente Venustiano Carranza y grupos armados contrarios a su política. Tal vez por esa circunstancia situaciones como la afectación de la influenza española no ha sido significativa para la historiografía chiapaneca, más preocupada por estudiar temas políticos y agrarios en el periodo de la Revolución Mexicana. Una manera de corregir esa ausencia es presentar el documento de este artículo, el cual aporta información respecto a la forma de enfrentar la enfermedad, como fuente primaria, resguardada en los fondos del gobierno estatal en el Archi- vo Histórico de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, con sede en Tuxtla Gutiérrez. Así, con el texto que lo acompaña, forma parte de una investigación más amplia acerca de la influenza española en el estado, cuya finalidad es conocer cómo se vivió la enfermedad y su alcance en vidas humanas.
Breve contexto para entender la pandemia en la época
En México, como en otros países, los aspectos médico-sanitarios fueron inquietudes del Estado desde el siglo XIX. El impacto de las epidemias sufridas por la población, aunado a los avances médicos, condujo a una mayor preocupación por la “profilaxis pública”aplicada a enfermedades infecciosas (Porras, 2020, p. 69). El país, por los cambios políticos durante el periodo de la Revolución Mexicana, reorganizó paulatinamente su sistema sanitario. Instituciones reconstruidas e intereses nuevos, como la regulación educativa de la práctica médica, se hicieron presentes. Y lo mismo cabe decir del incremento de los escritos de carácter científico o divulgativo acerca de higiene y sanidad (Agostoni, 2008, pp. 6-7). En consecuencia, las disposiciones de higienes personal y pública se convirtieron en referentes para la prevención de las enfermedades y su propagación en un México que el destacado miembro del establishment, Alberto J. Pani, diagnosticócomo atrasado en la protección de la vida humana según los estándares para un país civilizado (Gudiño y Aguilar, 2010, pp. 66-67).
Se infiere que por el desconocimiento de los virus causantes de la influenza, la respuesta fuera combinar ideas respecto al origen y su transmisión procedentes del pasado, “derivadas de las teorías miasmáticas y microbianas” (Molina, 2020, p. 392), con otras más cercanas a los avances científicos en materia bacteriológica del siglo XIX. Es decir, incluso con posterioridad a la pandemia de 1918, convivieron teorías acerca del origen de enfermedades y contagios. Algunas involucraban a organis- mos-miasmas y gérmenes-que invadían los cuerpos humanos para provocar sus dolencias. Tal fue el caso de la teoría miasmática, de largo aliento histórico, cuya con- vicción era que la enfermedad se extendía mediante las emanaciones desprendidas por el ambiente, identificadas fácilmente por “los olores fétidos” (Porter y Vigarello, 2005, p. 354). Falta claridad acerca del origen de enfermedades que avanzaron con la aparición de la teoría bacteriana a finales del siglo XIX, pero no quiere decir que fueran olvidados los aspectos climáticos y los procedentes del ambiente, este último transmisor de los olores fétidos propiciadores de las miasmas (Larrea, 1997, p. 47). La paulatina crisis de la teoría miasmática no le impidió tener muchos seguidores aún en el siglo XX, como sucedió en Chiapas durante la pandemia de influenza española. Por consiguiente, no es posible pensar en un cambio radical y evolutivo en el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades, sino en transformaciones científicas acompañadas de la intervención estatal en las políticas sanitarias o la creación de escuelas universitarias para formar a profesionistas de la cada vez más ensalzada labor médica.
El cada vez más destacado papel de los médicos en las instituciones y la definición de las políticas públicas sanitarias fueron ejemplificados a la perfección por el médico y militar José María Rodríguez, titular del Consejo de Salubridad General mexicano durante la pandemia. Lo mismo se puede decir de José Siurob, otro militar y médico, quien desde la Cámara de Diputados se refirió a finales de octubre de 1918 a las ins- trucciones a la prensa para atender la epidemia, destacando el papel de los médicos,2 también discutido por fluctuar su misión del compromiso con los pacientes a la huida de los focos de infección (Ramírez, 2021, pp. 220-221).
Aunque la mayoría de las localidades chiapanecas no contara con médicos, el reconocimiento oficial de su titulación fue visible en Chiapas ya en la época de la pandemia de 1918. Esta preeminencia de los galenos graduados fue coincidente con el repudio oficial a curanderos y sanadores que, no obstante su vigencia, fueron des- prestigiados. La credibilidad de los facultativos influyó en la búsqueda de opiniones y consejos referentes a los remedios más certeros. Así, el gobierno estatal recurrió al médico Gustavo Gómez Azcárate para consultarle cómo tratar la influenza española en la localidad de Simojovel,3 hecho muy sorprendente porque no era la única afectada por la pandemia a finales de noviembre. Este doctor respondió de manera extensa, como se aprecia en el documento aquí presentado.4
Conocer la convivencia de explicaciones respecto al origen y el tratamiento de las enfermedades, aunado al desconocimiento de la existencia de los virus, hizo que los médicos e higienistas de la época consideraran enfrentar la influenza española con medidas aplicadas en epidemias previas como las del “aislamiento, la cuarentena, [...] y la desinfección” (Agostoni, 2005, p. 173), hecho reflejado en el confinamiento de los enfermos y el cierre de lugares públicos, en especial donde pudiera haber concentraciones de individuos, como cuarteles militares, templos o centros recreativos.
En el caso chiapaneco las primeras medidas se ejecutaron en la costa, la primera región en sentir los efectos del virus. Las referencias al aseo necesario y la desinfección de edificios y lugares públicos fueron repetidas en los últimos tres meses de 1918,5 a veces coincidiendo con el papel que debían jugar las juntas de socorro instaladas o por crearse en los municipios.6
Los periódicos nacionales y chiapanecos expusieron los síntomas más comunes de la enfermedad, como fiebre elevada, hemorragias bucales y nasales, “expectoraciones sanguinolentas y trastornos nerviosos”, ofreciendo medidas profilácticas para prevenir los contagios (Márquez y Molina, 2010, p. 138).
Respecto a las actuaciones ciudadanas hay que mencionar los antídotos conocidos o emergentes que en años recientes están siendo valorados en las investigaciones académicas, remedios oficiales, populares o caseros compartidos por grupos sociales disímiles en las regiones del mundo por el desconocimiento de la enfermedad (Beldarraín, Cabrera y Armenteros, 2019, pp. 7-10). Es pertinente mencionar que quienes creían en la incipiente potestad de la ciencia médica recurrieron a tales consejas y otras prácticas de la ciudadanía, que buscaba solucionar una crisis de la magnitud planteada por la influenza española (Bristow, 2012).
Al desconocimiento del origen viral de la enfermedad se unió la falta de recursos medicinales para detener su expansión. Los médicos del mundo, por lo general, asu- mieron una perspectiva denominada “polipragmatismo o polifarmacia” por “recurrir al botiquín para tratar de resolver el problema” (Spinney, 2018, p. 129). Lo más común fue acudir a lo disponible y conocido. Según el punto de vista médico, los compuestos usados contra la influenza española remiten a epidemias de gripe precedentes y fueron divulgados en México por tres conductos:
La falta de certeza para tratar la influenza española condujo a un sinnúmero de medidas profilácticas entre las cuales se debe incluir acciones y productos considerados “inútiles y contraproducentes” (Molina, 2020, pp. 400-402):
Los remedios recetados por los médicos no fueron los únicos utilizados, pues el uso de hierbas y la consulta a curanderos locales estaban extendidos en amplios sectores carentes de recursos económicos para adquirir fármacos (González García, 2013, p. 322). Junto a esas acciones, entendidas como posibles curas, se recurrió a sustancias ya conocidas en México:
Caótico inventario de ingredientes para reafirmar la idea de la “polifarmacia” y que se une al repertorio, muy improvisado, de acciones para impedir la propagación de la pandemia y contrarrestar sus efectos mortales desde las instituciones públicas. Recurrir a los conocimientos acumulados en epidemias anteriores y los conocimientos de los facultativos mexicanos fue también común en Chiapas, demostrando la precariedad logística de su gobierno por la constante solicitud de ayuda a las dependencias federales, lo cual señala el impacto de la influenza española en territorio estatal y refiere el grado de improvisación gubernamental, situación que condujo a solicitar el apoyo de los pocos médicos residentes en el estado.
Reflexiones y remedios del doctor Gustavo Gómez Azcárate
No se cuenta con suficientes datos del paso del médico por tierras chiapanecas. Sin embargo, conocer acerca de su nacimiento en 1892 significa que en tiempos de la epidemia contaba con 25 o 26 años,7 y es muy posible que realizara estancia puntual
o práctica de campo lejos de la Escuela Médico Militar de la Ciudad de México, donde estudió, última institución en la cual, en 1920, fue nombrado “Profesor Ayudante” “con el cargo de Jefe de Clínica” del “3er. Curso de Clínica Quirúrgica”, actividad docente, junto a otras, desempeñada durante su dilatada vida laboral.8
A pesar de la falta de información acerca de Gómez, sus acciones fueron loadas desde las páginas del bisemanario Chiapas Nuevo, de la capital del estado, porque no se dio “descanso atendiendo a sus enfermos con eficacia, y dejando de cobrar a los pobres y necesitados, en muchas ocasiones”.9 Por esta referencia se entiende que el gobierno estatal le solicitara, sin que necesariamente fuera al único médico a quien se le pidiera consejo, un diagnóstico de las características de la influenza es- pañola y sus indicaciones para enfrentarla colectiva e individualmente. Él respondióla solicitud y comenzó su escrito con una descripción general de la enfermedad, para añadir aspectos que condicionarían o afectarían su expansión, todos muy próximos a las teorías ambientalistas y miasmáticas que incidían en las medidas higiénicas. Con minuciosidad, señala cómo se produce el contagio y las posibles causas que hacen proclives a ciertos seres humanos. Para eso sitúa su origen en los gérmenes y las re- ferencias más novedosas al bacilo de Pfeiffer, amalgama de explicaciones procedentes del pasado y de los nuevos descubrimientos científicos recurrente entre los médicos de la época, maraña descriptiva del origen y la transmisión de la enfermedad notoria cuando trata su profilaxis mediante primeras acciones de carácter higiénico general, incluyendo disposiciones de control de los esfuerzos físicos por los ciudadanos. Junto a los preceptos sanitarios que debían afectar a los lugares públicos y la higiene personal, el médico enumeró otras acciones preventivas para ser practicadas por los ciudadanos en sus localidades. Por último, se explaya en los posibles tratamientos de la “polifarmacia”, por supuesto, aunque el facultativo era consciente de la ausencia de uno “específico de la gripa”. A la variedad de productos y sustancias mencionados, la manera de prepararse y su aplicación en las partes del cuerpo, agregó los destinados a mejorar la condición del enfermo.
Las explicaciones de Gustavo Gómez recogen las variadas posiciones médicas, propias del desconocimiento de la existencia del virus y las cuales no podían más que recurrir a los tratamientos de la gripe predominantes. Alguna de sus reflexiones era discutida, y lo sigue siendo, cuando se trata el papel de la climatología para acentuar o frenar la enfermedad:“enlas localidades de clima frío por facilitarse en ellas la aparición de neumonías y bronconeumonías.” Finalmente, señala la duración de entre cinco y siete días del padecimiento, los síntomas generales y aquellos vinculados con los aparatos respiratorio y digestivo, desmenuzando para órganos como faringe, hígado o arterias.
Pasados dos meses de que la influenza española apareciera en Chiapas, al menos según consta en la documentación, el gobierno estatal giró instrucciones referentes a los remedios para prevenirla o sanarla, algunos muy coincidentes con los expuestos por el doctor Gómez.10
Se desconoce la repercusión de las recomendaciones de Gómez Azcárate y del gobierno estatal a los municipios chiapanecos. No obstante, es obvio que existieron otras vías para aconsejar a la población; tales son los casos de la prensa y la distribución de orientaciones procedentes del gobierno federal. En concreto, a Chiapas llegaron 20 paquetes con diez mil ejemplares de instrucciones impresas, reparto tardío, no cabe duda, pues fue emprendido en enero de 1919,11 cuando prácticamente se dejó de hablar de la influenza española en el estado.
Para finalizar, es pertinente ponderar que resulta un error aferrarse al evolucionismo médico lineal para entender lo sucedido en periodos como el del arribo de la influenza española. Por eso tiene sentido lo expuesto por Porras (1994), Faure (2005) y Vigarello (2005) respecto a que las representaciones médicas del cuerpo y la enfermedad no se suceden, sino que, casi siempre, se entreveran en una temporalidad histórica. La teoría del germen y la incipiente bacteriología no hallaron, como resulta evidente por lo expuesto, las causas y el tratamiento de la influenza española en el momento de la pandemia; sin embargo, reducir la observación de lo sucedido únicamente a las pers- pectivas médicas y biológicas conduce a cuestionamientos lógicos, los cuales inciden en la atención necesaria de los aspectos histórico-sociales para entender situaciones como las provocadas por las pandemias (Henao y Hernández, 2017, pp. 20-22).
Citas
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