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Escalona Victoria, J. L. (2010). Presentación. LiminaR. Estudios Sociales Y Humanísticos, 8(2), 7-12. https://doi.org/10.29043/liminar.v8i2.70

Resumen

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Para los científicos también existen fronteras que atravesar. Más allá de las representaciones superficiales de la vida social -muchas asociadas a formas simplistas de representar- siempre aparecen historias contradictorias, dinámicas múltiples y realidades fluidas, trashumantes, a veces violentas, más de lo que nos revelan las primeras impresiones. La tarea de la investigación es traspasar esas representaciones inmediatas. Los trabajos aquí publicados -sin ninguna intención de neutralidad- nos ofrecen distintas maneras de internarnos en esas fronteras de las imágenes superficiales para develarnos la condición histórico social de aquello que parece naturalizado.

Jesús Solís estudia el indianismo eclesiástico en Michoacán en las primeras décadas del siglo XX -cuyos orígenes están en la Encíclica Rerum Novarum de 1891- sus posibles conexiones -no reconocidas- con el etnicismo de finales de siglo. ¿Es este último realmente un fenómeno reciente o nos falta una mirada de largo plazo? El artículo nos ofrece información sobre maestros y escuelas católicas en diversas localidades indígenas de Michoacán -135 escuelas en la diócesis de Morelia en 1905- que funcionaban antes de las gubernamentales. Partidos católicos, cajas de ahorro y organizaciones obreras, surgían desde la iglesia; igual que el movimiento Acción Católica, que para los años cuarenta tenía ya un programa para la población indígena, con sacerdotes de esos pueblos que promovían la conservación de la cultura. Igualmente surgieron internados, periódicos e incluso un proyecto para fundar la academia de la lengua tarasca, todo en competencia con las nuevas instituciones del Estado de la posrevolución y otros movimientos políticos, entre 1940 y 1950, pero también con colaboraciones esporádicas entre gobierno e iglesia que llegaban a compartir diversas versiones del integracionismo y de sus críticas. Aunque en los setenta el orgullo étnico fue desplazado por otras banderas, se dio una revitalización en las siguientes décadas. ¿No hubo una influencia del indianismo de los años 40 y 50 en la revitalización étnica de finales del siglo, como dicen voceros de esos movimientos y analistas? De manera pertinente, Jesús Solís llama a una visión histórica de las organizaciones y las ideologías, más allá de sus propios discursos. Podemos preguntar si proyectos políticos como estos requieren de la creación de una autorepresentación como ruptura y de una esencialización de lo étnico -que la investigación tiene que traspasar con habilidad de cirujano.

Edith Kauffer analiza la relación entre migraciones y agua en una frontera desigualmente estudiada: la de México y Centroamérica. Aquí predominan las visiones desde México -el “sur”- y sobre todo de las relaciones con Guatemala; los estudios sobre fenómenos sociales -no así de los recursos- y una perspectiva conceptual poco clara de la frontera. Estudiar agua y migración nos habla de movilidad y fluidez de la frontera -y no solo de un trazo divide en la abstracción de un mapa- mostrándonos aspectos del border -la línea que divide-, de la frontier -el frente de avanzada-, y del boundary -las distinciones entre “nosotros” y “ellos”-. ¿Qué nos dice el fluir del agua y la gente acerca de estas conceptualizaciones? La península de Yucatán, Tabasco y Chiapas, cuentan con más mantos acuíferos y agua renovable que cualquier otra parte de México; comprenden seis cuencas compartidas entre México, Guatemala y Belice, además de formar los ríos que fungen como límites territoriales entre los países. Las fronteras están definidas en función de los ríos -por el thalweg o canal más profundo del río, así se definía en el siglo XIX en ríos navegables- y si los ríos se mueven, como en Suchiate que separa Guatemala de México, o desaparecen en ciertos tramos y temporadas, como el río Hondo que divide Belice de Quintana Roo, entonces la frontera línea, border, también se mueve o se desvanece. Los ríos también son importantes en la ocupación de los territorios, en el sentido de frontier, como sucede con los ríos Usumacinta y Candelaria, entre Chiapas y Guatemala y en Campeche, respectivamente: la presencia de ocupación humana en sus cercanías, su uso en la navegación y en el transporte de maderas entre los siglos XIX y XX, y la formación de asentamientos campesinos, muestran el papel preponderante de estas aguas superficiales en la dinámica demográfica y social. Las diversas migraciones son flujos también importantes para la conformación de la frontera. La combinación de ambos nos ofrece un mosaico de experiencias transfronterizas que esperan el estudio más detallado. Un aspecto relevante en las últimas décadas es la relación que hay entre migración y desastres humanos generados en el contexto de fenómenos naturales asociados con agua: colonización de áreas cercanas a los ríos, deforestación y vulnerabilidad. El artículo invita a realizar estudios de la relación entre recursos hídricos y sociedad.

Amalia Campos nos presenta otra dimensión de la frontera, la boundary en los términos propuestos por Kauffer. Se trata del imaginario de frontera entre los jóvenes en dos puntos de cruce del sur hacia el norte: Tecún Umán, en Guatemala; y Tijuana, en México. Amalia analiza cómo entienden estos habitantes la frontera, desde la experiencia de ella, como sistema de control y de inclusión/exclusión. A partir de mapas mentales y entrevistas estructuradas la autora nos acerca a diversas imágenes de la frontera línea desde el “sur”. Está la frontera ambivalente que implica una representación del “norte” como punto idealizado, al tiempo que fuerza opresiva. Otra imagen es la de frontera traficable, que nos habla del comercio de mercancías de un lado al otro, al igual que del paso de personas. La frontera diferenciadora se refiere a un efecto de los sistemas de control migratorio y aduanero: el énfasis en las diferencias sociales, entre ellas las diferencias entre el nosotros y los otros. Esto se relaciona también con la frontera administrativa, entendida como el paso a un sitio donde se reservan el derecho de admisión, sin claridad sobre cuáles son los criterios de selección. La frontera puede ser representada también como “natural”, en especial cuando se asocia con algún marcador geográfico, como un río -en el caso de Tecún Umán-, una forma de naturalización -cuestionable- de la división. La frontera omnipresente se refiere a la vigilancia, la tecnología de la misma y al escrutinio en la línea -y el reto que significa cruzarla-. Lo que surge de este trabajo es una diversidad de entendimientos de la frontera entre los habitantes de ciudades del sur en la ruta hacia el norte.

Francisco Franco hace un acercamiento a movimientos de sanación dentro del catolicismo, fenómeno del que se tiene pocas investigaciones históricas y antropológicas, además de escasos datos sobre su importancia y extensión. Su evento principal es la misa de sanación, donde nos ofrecen algunas imágenes de la parroquia de Muchuchíes, un pueblo agrícola cercano a Mérida, Venezuela. Las formas en que se desarrolla la misa y se extiende el culto entre los vecinos son detalladas en este artículo. El movimiento, iniciado en los setenta por parte de algunos sacerdotes, pone énfasis en el cuerpo, la emoción y la sensualidad, por ello representa una subversión de la misa católica. Rechazado y aceptado, fue visto desde la jerarquía religiosa como un conjunto de formas rituales que se acercan al pentecostalismo evangélico; pero, es tolerado al mismo tiempo, pues permite a la iglesia católica competir con cierto éxito con las iglesias no católicas, con cultos tradicionales como el de María Lionza -un movimiento calificado como espiritista- y con movimientos espiritualistas tipo new age; además, reúne a varios adeptos entre sacerdotes y personajes con autoridad en la burocracia eclesiástica. El autor termina haciendo una pregunta: ¿se trata de una continuación de un misticismo que se enfoca en la descentración del cuerpo o es más bien un misticismo light para las masas, que no huyen de lo mundano y corporal sino que tratan de enfrentarlo, en condiciones de sufrimiento cotidiano?

El siguiente artículo, de Nelly Velázquez, nos acerca a lo que esta autora llama la etnohistoria de la población indígena del golfo de Paria, Venezuela, en torno a la cual se ha construido una imagen de pueblos “caribes” belicosos, antropófagos y de cultura atrasada. Sin embargo, a partir de las crónicas colombinas, de los relatos de viajeros, misioneros y antropólogos, y de los análisis arqueológicos, la autora nos transporta a lo que está detrás de esa imagen. Así, las relaciones de Colón acerca de los contactos que él mismo o sus subordinados tuvieron con los habitantes de esta región indican que se trataba de pueblos con una amplia gama de actividades de subsistencia, con pesca, caza, agricultura de maíz y otros productos, además de orfebrería, fabricación de utensilios de piedra muy elaborados, barcas y conocimientos de navegación. Los estudios arqueológicos y de lingüística nos hablan de grupos de cultura muy semejante entre las Antillas y del Orinoco. Por analogía etnográfica y los datos de las fuentes, se puede hablar de los pariagoto -habitantes del Paria- como sociedades cazadoras recolectoras y agricultoras con una organización igualitaria -es decir, no jerárquica, como en otros lugares del norte de Sudamérica- basada en alianzas por parentesco, enlaces matrimoniales, intercambio de productos y defensa. Esa debió haber sido la organización en el momento del contacto. Entre algunas prácticas sociales y religiosas debieron existir la poligamia y el consumo ritual de las cenizas de los muertos, mezcladas con alguna bebida. Quizá de esta práctica, sugiere la autora, surgió la idea del canibalismo. Sometidos desde el encuentro con los españoles a diversas entradas de conquista, captura de esclavos y comercio forzado de perlas, además de la sujeción al gobierno colonial, los indígenas del oriente protagonizaron algunas rebeliones y participaron en la relocalización de pueblos, misiones y rutas de comercio y conquista en otras regiones, o huyeron al interior repoblando el territorio. Así, detrás de una imagen estereotipada lo que surge es una historia compleja y diversa en el oriente de Venezuela.

Jaime Rivas nos hace cruzar la frontera de México y Guatemala por el Soconusco, por el puente de sus paradojas. Se trata de una de las regiones con mayor presencia de centroamericanos, visibles en todos los aspectos de la sociedad, de la economía y de la vida institucional de la región, pero invisibilizados en muchos instrumentos de registro de población y de diseño de políticas públicas. Es paradójico también el hecho de que se trata de la región más centroamericana del país, con una presencia de intercambios con los países del sur -migración laboral, comercio, refugio, asilo político- que se remonta hasta el período de formación misma de la nación; y al mismo tiempo es una zona que vivió la afirmación del nacionalismo por la vía de la intervención militar en el siglo XIX, y que sigue siendo el primer filtro de la migración que entra al país en esta frontera. La visibilidad de esta población se produce sólo en registros de ilegales asegurados y deportados; una pequeña cantidad de los que están de paso también son registrados en las instituciones de apoyo que han surgido paulatinamente, conforme crecen el flujo y la vulnerabilidad, pero no se consigna la presencia de mucha población que ha establecido vínculos de largo plazo, integrándose a la región en distintos momentos.

Soledad Álvarez Velasco analiza la normalización de la violencia -estructural, política, simbólica y cotidiana- en los espacios socialmente marginados, que son resultado de la desigual formación de los mercados y los Estados. La ciudad de Tapachula es un punto privilegiado para observar estas formas de violencia, por ser un paso importante en la migración transnacional, por la condición ilegal de la migración y por la vulnerabilidad que se produce en ese tramo del viaje, en especial después de la destrucción de las vías férreas con el huracán Stan. Allí confluyen migrantes de diversos continentes en una ruta que tiene por destino Estados Unidos, son personas que sufren en las redes de tráfico humano. El parque central, con su dinámica cotidiana de gobierno, mercado y negocios diversos, así como del ocio y el descanso dominicales, es al mismo tiempo un punto de contactos, de socialización entre poblaciones flotantes, de contrato de empleos temporales informales, de inicio o continuación de la trata de personas.

Se encuentran allí “canguritos” -niños y niñas vendedoras de dulces y cigarrillos al menudeo- y “domésticas”, la mayoría mujeres y niñas migrantes, en especial de Guatemala. Igualmente están los “otros migrantes”, en su mayoría hombres de diversos orígenes que están de paso. Todos ellos, de diversas formas, están sometidos a formas de contratación desventajosa y, a veces, de reclusión y de explotación ilegal controlada por grupos de tratantes de personas. Esto se une al tráfico de mercancías ilegales. Todo ello ocurre, como en muchas otras ciudades, enfrente de las autoridades, de las familias de la ciudad, de los comerciantes y empleadores de la ciudad -del mercado, cantinas, centros nocturnos o lugares de prostitución- o de los propios migrantes, que viven todos así su vida cotidiana y, en algunos casos, obtienen algún beneficio de aquel mercadeo. Igualmente, es un punto dentro de largas cadenas de mercantilización de las personas, del secuestro, la extorsión, la explotación sexual, redes que ya tienen una dimensión translocal y a veces transnacional. En medio de esas múltiples relaciones se produce la frontera como distinción, que separa a los otros, peligrosos según un ex jefe de un cuerpo policiaco, de un nosotros, como cuando se fundó el parque Bicentenario para la convivencia de los tapachultecos; es una diferencia que termina cubriendo las condiciones de las múltiples conexiones e intercambios. La autora nos pregunta hasta cuándo se seguirá ocultando eso que está a la vista de todos.

Jorge Luis Capdepont-Ballina nos habla de Mesoamérica no como área cultural sino como un proyecto que es producto histórico del interés de empresas y gobiernos, en especial de países dominantes, sobre los recursos del área así identificada. El texto nos habla de la condición estratégica del área, por la posibilidad de estrechar el tránsito entre los océanos, su diversidad biológica, su potencial turístico, sus recursos petroleros e hídricos. Sin embargo, es también una región del mundo con poblaciones que viven en condiciones de alta marginación. Eso se explica, según el autor, por la forma en que se integró al mundo, a partir de la conquista, la piratería, la formación de las naciones, de las empresas que buscaron explotar los recursos y de la competencia entre potencias mundiales por su control. De la explotación de los recursos no se ha generado una fuente de desarrollo local, y sí se han experimentado efectos como el deterioro ecológico asociado con la forma de explotación de los hidrocarburos. Según el autor, la formulación del Plan Puebla Panamá en 2001 y del proyecto Mesoamérica de 2007 es parte de esa larga historia de múltiples intereses en los recursos y la posición estratégica de la región. De alguna manera, cambios recientes en las vías de comunicación y transporte pueden ser vistos como resultado de estos planes; pero el autor duda de sus efectos benéficos en términos de desarrollo, pues contemplan solo el aprovechamiento de los recursos y no los procesos de industrialización para la población local. Esto lleva a Jorge Luis a compartir las sospechas que diversos movimientos tienen acerca de estos planes.

Nicanor Madueño nos muestra la forma en que se reproducen las relaciones de género y los procesos de etnificación entre las mujeres de Honduras en camino hacia un municipio fronterizo de Chiapas, localizado entre el corredor comercial y migratorio más importante de la frontera con Guatemala, el Soconusco, y la línea demarcada entre las selvas de ambos países. En esa parte de la región fronteriza, la migración centroamericana se ha expresado en la presencia de trabajadores agrícolas para la producción de café, por el refugio de guatemaltecos durante la guerra y, en los noventa, por ser un paso en la migración transnacional hacia el norte. La mayor presencia hondureña se produce en esta última oleada, relacionada con la destrucción dejada por el huracán Mitch y la caída del mercado de plátano; se caracteriza por una proporción significativa de mujeres. El estudio de Madueño muestra que la migración no necesariamente produce una modificación de las relaciones de género favorables a la capacidad de decisión de las mujeres, sino que, por el contrario, puede profundizar la subordinación. Una condición en la que las alternativas laborales son las maquiladoras, con tiempos estrictos, trabajos rutinarios y bajos salarios, que crean para las mujeres situaciones de conflicto en la unidad doméstica; es el contexto del lugar de origen de la migración femenina: San Pedro Sula. Pero la zona de llegada a Chiapas no ofrece alternativas alentadoras, pues no hay industria, sino agricultura, comercio y servicios, además de la inseguridad asociada a la presencia del tráfico de mercancías ilegales y de traficantes, así como de cuerpos policiacos y militares. Las mujeres hondureñas trabajan entonces como empleadas domésticas, meseras, vendedoras o en la prostitución. Al mismo tiempo, se produce un proceso de etnificación, entendido como la forma en que se establece una diferencia por el origen imputado a una población -una forma de naturalización- en el contexto de la interacción con los otros, sobre todo como distinción que se usa en la reproducción de la subordinación. Este proceso se expresa en la creación de representaciones del trabajo de la mujer hondureña -la otra sexualmente disponible, o la empleada a la que se hace un favor dándole trabajo- que se manipulan en las relaciones laborales, ya sea en las casas o en el creciente número de cantinas y lugares de prostitución. Su situación migratoria irregular y los lentos mecanismos de regularización de ellas y sus hijos nacidos en el país favorecen la reproducción de esta condición.

Gabriela Robledo nos presenta una serie de reflexiones en torno a un proceso de conversión religiosa entre indígenas de Chiapas y Guatemala que no solo está conectado en sí mismo, por la circulación de ideas, pastores y predicadores, música y otros vínculos, sino que además mantiene paralelos interesantes: la conversión parece estar vinculada con los procesos de modernización y secularización en ambos países; además, la formación de estos grupos no católicos muestra en ambos casos experiencias de construcción de nuevas comunidades, que de algún modo responden a la fragmentación las comunidades indígenas previas. Son una de las diversas experiencias de reelaboración de lo que significa ser indígena en dos países de modernización tardía.

El número incluye un documento del Archivo Histórico Municipal de San Cristóbal de Las Casas -y un interesante conjunto de fotografías- relativo a la inauguración del quiosco del parque central de la ciudad, con un estudio en el que Víctor Esponda nos habla de la historia de la plaza y del quiosco símbolo, dice, de las ideas de modernización que había en 1897 en Chiapas. La revista cierra con tres reseñas de libros recientes: El rechazo de las minorías, de Arjun Appadurai -por Luis Rodríguez-; Más allá del espíritu, de Carolina Rivera y Elizabeth Juárez -por Alicia Muñoz-; y Levantamiento K’iche’ en Totonicapán, 1820, de Aaron Pollack -por Jorge González.

En su conjunto, los trabajos aquí presentados nos invitan a cruzar distintas fronteras, en el norte y en el sur de México o en el oriente de Venezuela, en la historia de los movimientos e iglesias y de sus formas de evangelización -que entran a los cuerpos mismos de los fieles- o en la imagen de los proyectos de modernización, disfrazados de novedades, que definen territorios y buscan modificar condiciones. Nos invitan a ver lo que hay detrás, a viajar a través de esas rutas abiertas por la investigación y a hacer preguntas sobre el origen mismo y las formas en que se construyen los mojones y los muros; a observar la forma en que estas demarcaciones contribuyen a la construcción de memorias históricas, representaciones de nosotros y los otros, distinciones y violencias, a la vez que ocultan conexiones históricas, presencias, relaciones e intercambios