Introducción

En el trabajo etnográfico que se presenta a continuación se describen las experiencias de migrantes tsotsiles de Chamula, Chiapas, a partir de un estudio en las comunidades Ch’ul Osil y Jolhuitz durante el periodo 2012-2015. Los sujetos de la investigación eran en su mayoría jóvenes que retornaron a sus comunidades luego de complicadas experiencias en Estados Unidos, en el contexto del desempleo que surgió tras la crisis económica en aquel país a partir del verano de 2006 (Amadeo, 2021). El ensayo permite entrever los retos que tuvieron que enfrentar con los prestamistas para financiar su viaje, así como los vínculos con las redes de tráfico ilícito de migrantes establecidas desde sus comunidades hasta el país de destino. También se describen sus experiencias migratorias durante la crisis laboral en Estados Unidos y se analizan las consecuencias a su regreso.

En el contexto de la crisis de desempleo, los migrantes se vieron desfavorecidos en el mercado laboral del país del norte, por lo que más del 70 % optaron por el retorno voluntario forzados por la falta de empleo. Posteriormente se da cuenta de las dificultades que enfrentaron una vez retornados para restablecerse y emplearse en sus comunidades.

La presión de las deudas que tenían las familias chamulas para solventar los gastos de sus hogares, alimentos y medicinas era prácticamente insostenible por el fuerte desempleo en la región de Los Altos de Chiapas, y para mitigar la precaria situación, los jóvenes con más años de estudios optaron por migrar a Estados Unidos como única salida. La crisis los obligó a migrar, aunque para pagar sus viajes tuvieron que someterse a fuertes deudas, que contrajeron con prestamistas locales quienes les cobraron altas tasas de interés. Dichos prestamistas vieron en los jóvenes migrantes clientes necesitados sin acceso a otra fuente de crédito, por lo que les cobraban intereses exorbitantes. En las comunidades sobrevino el sufrimiento y las secuelas de la ausencia de los jóvenes -el perfil de los migrantes entrevistados era el de hombre joven, entre 15 y 39 años de edad, la mayoría recién casado o con hijos-, y en última instancia puede considerarse que los grandes beneficiados de la migración fueron los prestamistas y los contrabandistas.

Veamos algunos antecedentes. En la década de los setenta se describían las comunidades indígenas como sociedades homogéneas e igualitarias. Sin embargo, Stavenhagen (1969) introdujo una visión distinta al argumentar que estaban integradas a la economía nacional, aunque participaban en el mercado laboral en franca desventaja. Otro estudio importante en Los Altos de Chiapas es el efectuado por Wassertrom (1989), quien evidenció que el sustento de las familias de Chamula provenía principalmente del trabajo migratorio temporal, y una pequeña parte se obtenía de las parcelas en los alrededores de la vivienda. También en otros estudios de seguimiento (Rus y Collier, 2002) se dio a conocer que, entre las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX, las poblaciones de Los Altos de Chiapas enfrentaban un proceso rápido de cambio social y económico en su interior como resultado del impacto del fin de la producción basada en las plantaciones del café y en los ranchos mixtos de ganado y maíz, de la que dependían como trabajadores migratorios temporales, lo cual propició un cambio abrupto de empleo agrícola a trabajo asalariado. Treinta años después, a principios del siglo XXI, los trabajadores que todavía buscaban empleo en las antiguas parcelas de producción de café entraron en una profunda crisis debido a los impactos de los precios internacionales de este producto, además de por los daños causados primero por el huracán Mitch (1998) y luego por el huracán Stan (2005) (Villafuerte y García, 2004, 2006). Frente a la crisis laboral en el sector rural de Chiapas, a manera de contexto, en la región Sierra los jóvenes se vieron forzados a migrar en busca de trabajo dado que carecían de opciones en sus comunidades. Migraban al norte de México para trabajar en las maquilas, y a Estados Unidos en los sectores agrícolas y de servicios (Villafuerte y García, 2004).

Diana y Jan Rus (2008) refieren que el auge de la migración en Ch’ul Osil, una comunidad tsotsil del municipio de Chamula en Los Altos de Chiapas, se llevó a cabo entre los años 2001 y 2005, y que hasta entonces no se habían producido retornos permanentes. Ese fue el periodo en el que se detectó la salida del mayor número de indígenas, y en general de chiapanecos, a Estados Unidos. Por ejemplo, en Ch’ul Osil a finales de 2005 migraron hacia el país del norte el 15 o 20 % de los hombres de 15 a 35 años de edad (Rus y Rus, 2008). Entre las razones por las que migraban se encontraba la necesidad económica, además de que contaban con las facilidades que les proporcionaba disponer de más información -que enviaban los migrantes pioneros- y acceder a préstamos para pagar el viaje, aún con altas tasas de interés simple mensual y promovidos por una red de contrabandistas de migrantes bien establecida y extendida en toda la región de Los Altos de Chiapas (Rus y Rus, 2013).

Los estudios de Escobar, Sovilla y López (2006), y posteriormente los de López, Sovilla y Escobar (2009) y López y Martínez (2018), concluyen que la dinámica migratoria de chiapanecos hacia Estados Unidos se debe principalmente a las causas estructurales de bajo ingreso y desempleo. Los autores concuerdan en que este flujo migratorio se relaciona principalmente con el desempleo crónico estructural en el sector agrícola de las regiones de Chiapas, aunado al abandono por parte de los gobiernos y a las graves afectaciones climatológicas que hicieron inevitable el éxodo de la mano de obra. Los trabajos informales crecientes que se generaban a la vera de las ciudades importantes como San Cristóbal de Las Casas o Tuxtla Gutiérrez no podían absorber la abundante mano de obra (López y Martínez, 2018).

El retorno de los migrantes

Los estudios sobre migración se han afrontado desde muchos enfoques, pero pocos son los que se centran en el impacto sobre las personas que la practican, sus familias y comunidades. Ricardo Falla (2008) y David Stoll (2011) indagaron en la migración de guatemaltecos a Estados Unidos. Falla (2008), en su investigación etnográfica, evidencia que muchos de ellos retornaron a sus comunidades de origen porque no encontraban empleos en el norte; por su parte, Stoll (2011) describe que la migración emprendida por habitantes de una aldea de Guatemala a Estados Unidos registraba un fuerte vínculo con deudas contraídas debido a proyectos en los que fracasaron, por lo que buscaban aliviar las pesadas cargas de los intereses vencidos, pero no encontraron trabajo ni consiguieron ingresos suficientes que les permitieran salir de esa situación.

En un estudio pionero centrado en los migrantes de retorno, Porraz (2016) evidencia que los jóvenes chiapanecos eran obligados a huir de sus comunidades rurales por las condiciones de vida deplorables. Esos migrantes, una vez llegados a Estados Unidos, enfrentaban la dura experiencia de la inserción laboral. El retorno fue el resultado de la fuerte presión que había en el mercado de trabajo, del desempleo, de los bajos salarios y de la deportación forzada. Los migrantes indocumentados, cuando no consiguieron insertarse adecuadamente en el mercado de trabajo, regresaron a sus comunidades de origen a veces en situaciones más desfavorables de las que tenían cuando salieron. Tras su retorno, si se consideraba que habían fracasado en sus experiencias migratorias, sufrieron el rechazo de la comunidad, además de que sus relaciones familiares y afectivas y el arraigo comunitario se debilitaron (Porraz, 2016).

Los mercados laborales del norte exclusivos para migrantes, que se caracterizan por ofrecer puestos temporales o jornadas a tiempo parcial, demandan a los trabajadores flexibilidad para aceptar bajos salarios y laborar en condiciones insalubres y sin seguridad social. En general ocupan empleos inestables y de baja cualificación, de trabajo intensivo, que no pueden ejecutarse con la ayuda de la tecnología; estos empleos dan lugar a un mercado laboral segmentado (Piore, 1979, en Arango 2003). Las condiciones de trabajo precario con bajos salarios se agudizaron en el periodo de mayor desempleo, lo que propició el retorno de los migrantes.

Por su parte, los mecanismos convencionales de expulsión de las comunidades continuaban presentes (Castles, 2003), apoyados por la estructura de redes que trafican con personas necesitadas de trabajo, que no dejaron de operar en los momentos de mayor crisis de desempleo; incluso se les informaba a los migrantes potenciales de que sí había trabajo, solo era cuestión de esperar a que mejorara la situación. Todo parece indicar que en el momento de mayor crisis de desempleo en Estados Unidos continuaban operando los factores de expulsión y era urgente la necesidad, por lo que los migrantes estaban dispuestos a pagar cualquier precio a los contrabandistas, aunque más tarde se darían cuenta de que el mercado laboral atravesaba un periodo de profunda crisis, la cual se encargaría de forzar a abandonar las experiencias migratorias.

Al respecto de los factores de atracción, Lewis (1960) afirma que los países desarrollados tienen demanda permanente de trabajadores foráneos, y que esos trabajadores en particular estarían dispuestos a recibir bajos salarios. Por su parte, Rothstein y Vanfossen (1996) documentaron la incorporación de mujeres en el mercado laboral de América Latina en las décadas de 1970 y 1980, lo que permitió que las trabajadoras aportaran más ingresos a sus familias. Investigaciones más recientes en México (Binford, 2002; D’Aubeterre y Rivermar, 2014; Rivermar, 2013) destacan la participación de las mujeres en el mercado laboral estadounidense en los trabajos de cuidados y limpieza, en su mayoría empleos precarios y de baja remuneración. Desde la perspectiva de De Genova (2004, 2019) y Álvarez (2017), al mismo tiempo que se ha suministrado mano de obra abundante desde México a Estados Unidos paradójicamente también se ha restringido la entrada de trabajadores, lo cual coloca en franca vulnerabilidad a los migrantes indocumentados porque, al no encontrarse arraigados en un sistema que les ofrezca seguridad laboral, son de fácil reemplazo y pueden ser deportados.

Para cerrar este apartado, es importante señalar que la migración de indígenas tsotsiles a Estados Unidos aconteció de manera abrupta (2001-2005), por lo que se observa como emergente, por tanto las redes de migrantes y de colonias transnacionales todavía estaban en vías de conformarse cuando ocurrió la crisis laboral y económica.

Metodología de la investigación y ubicación de la zona de estudio

La metodología de investigación consistió en la realización de entrevistas (Corbetta, 2007), preguntas semiestructuradas y visitas directas a los domicilios de los migrantes retornados en las comunidades Ch’ul Osil y Jolhuitz del municipio de Chamula, Chiapas. En mi tarea como observador, llegué a las comunidades con una visión idílica de que sus habitantes eran campesinos que trabajaban la tierra en las mañanas y regresaban a descansar a sus casas por las tardes, pero pronto me di cuenta de que en Los Altos de Chiapas las familias no tienen tierra suficiente para la subsistencia, y particularmente en Chamula es imposible que dependan de sus propias milpas porque no hay tierras disponibles para satisfacer la demanda de alimentos y el trabajo de los habitantes.

En la primera comunidad, Ch’ul Osil, se realizaron estudios sobre demografía, economía y migración ya en los años setenta del siglo XX (Wasserstrom, 1976; Rus, 1990; Rus y Rus, 2008, 2013). Considerando estos antecedentes, elegí a las personas a entrevistar entre los grupos de retornados con base en las siguientes características: migrantes de retorno con recursos y sin recursos, migrantes de retorno con deudas y sin ellas, y migrantes que tuvieron que migrar en una segunda oportunidad. Posteriormente, procedí a recabar la información en la segunda comunidad, Jolhuitz, con el fin de ampliar la información y de comparar si el comportamiento de los migrantes era el mismo en ambas. Se propusieron dos etapas de investigación en cada comunidad. En la primera realicé varias entrevistas abiertas y a profundidad con tres migrantes de cada grupo de retornados, nueve en total. La segunda consistió en la clasificación de los grupos en migrantes de auge y de crisis, y luego en el análisis de la experiencia de los grupos. La muestra de estudio evidenció que los migrantes retornados se pueden clasificar en:

  1. Migrantes de retorno voluntario: en su mayoría lograron satisfacer sus necesidades económicas de largo plazo. Regresaron con sus familias y a sus comunidades.

  2. Migrantes de retorno por desempleo o que a causa del trabajo precario que desempeñaban en Estados Unidos no podían sostenerse.

  3. Migrantes que fueron deportados.

Contexto de las experiencias migratorias de los chamulas en Estados Unidos

El trabajo previo realizado en México resultó una vía adecuada para comprender las experiencias de los migrantes desde su salida hasta su retorno. Los sitios desde donde partieron, su último empleo, la manera como pagaron su viaje, las redes formales e informales a su paso, los riesgos, los costos psicológicos, las motivaciones, las oportunidades, las frustraciones, los problemas derivados de la experiencia migratoria y los problemas a resolver en su retorno fueron otros aspectos que se encontraron en las experiencias que narraron.

Los tsotsiles encontraron su primer vínculo con el mercado de trabajo en Estados Unidos a través del sistema industrial migratorio establecido por las redes de contrabandistas de migrantes. La llegada a la línea fronteriza entre México y el país del norte representaba la parte más compleja de la dolorosa y difícil travesía migratoria, posteriormente encaraban el cruce de la frontera a través del desierto, para después enfrentar la dura adaptación al mercado laboral.

De acuerdo con las historias de los retornados, la relación de los migrantes con los contrabandistas y sus redes no se acababa en la línea fronteriza, porque al otro lado lo primero que necesitaban era un raite para adentrarse al país, llegar a las capitales de los estados, y luego a los campos o ciudades donde se encontraban los puestos de trabajo. Los contrabandistas en el lado norteamericano tienen los vínculos con las empresas de subcontratación y están dedicados de tiempo completo a reclutar trabajadores, hombres y mujeres, y ofrecerlos a las plantaciones agroindustriales. Viven del trabajo de los migrantes indocumentados, pues les resulta redituable dedicarse a transportarlos en grupos de cinco, diez, quince y hasta veinte personas, cobrando mil dólares a cada una. Cuando los migrantes llevan dinero suficiente, pagan esa cuota de introducción a Estados Unidos y se liberan con facilidad, pero quienes no tienen el recurso se ven en la necesidad de engancharse y pagar esa deuda en la forma de desquite. Este pago consiste en que el migrante trabaja, pero su remuneración pasa a manos del contrabandista-raitero, de manera que solo recibe una fracción del salario para comprar artículos de uso personal.

El pago del raite en forma de desquite resulta conveniente para los contrabandistas porque venden la fuerza de trabajo de los migrantes indocumentados a las empresas, a la vez que negocian con ellas la subcontratación a un precio que les proporciona buena ganancia. Es una forma de controlar a los trabajadores.

Las personas entrevistadas afirmaron que en Estados Unidos se encontraban en condición de semienganchados o de semiesclavitud, al menos hasta que pagaron su deuda. A su arribo, como carecían de documentos no podían participar directamente en el mercado de trabajo, sino que debían someterse a la mediación de los raiteros, mayordomos o jefes de cuadrilla de trabajadores. Estos intermediarios, con la ventaja de que hablaban inglés, pactaban buenos salarios, aunque luego entregaban a los trabajadores solo una parte, de manera que estos apenas podían sostenerse. Por su situación de indocumentados, eran vejados por los empleadores. Los contratistas de migrantes podían controlar en condición de sistema industrial una flota de cincuenta a cien trabajadores, y el cobrar la deuda contraída con ellos en forma de desquite resultaba un negocio muy lucrativo. También obtenían dinero al renovar constantemente a sus trabajadores con otros recién llegados, de manera que al mismo tiempo fortalecían las redes de contrabando, con la participación de coyotes autóctonos que enganchaban a sus vecinos indígenas, como ocurría en Los Altos de Chiapas.

Los migrantes de habla tsotsil, en un país extranjero, resultaban muy vulnerables frente a los contrabandistas, quienes explotaban su urgente necesidad de trabajar. La dependencia que resultaba de la relación entre migrante y raitero se prolongaba gradualmente hasta el sometimiento a las condiciones del sistema industrial de migración. En las experiencias que narraron se ilustra esa dependencia: algunos no se atrevían a buscar trabajo por cuenta propia. En ocasiones, los contrabandistas desaparecían unos días, semanas e incluso meses, y a los indocumentados temerosos les decían: “espéranos, ahora no hay trabajo, pero va a haber en un mes o dos meses” (Mario J., entrevista, abril de 2013). Desafortunadamente, muchos migrantes quedaban en espera por varios meses. Para otros, deshacerse de esos reclutadores era un primer e importante paso, luego buscaban amigos para apoyarse y conseguir trabajo. Además de las redes establecidas por contrabandistas, en las experiencias de los entrevistados también se observaron las incipientes redes de apoyo tejidas entre paisanos mientras estaban en Estados Unidos.

Los indígenas tsotsiles de Los Altos de Chiapas tuvieron como destino original principalmente tres entidades del sureste de Estados Unidos: Florida, Carolina del Sur y Carolina del Norte. La mayoría se desplazaron posteriormente a otros puntos hacia el oeste y norte, como Mississippi, Virginia, Pennsylvania, Kentucky e Indiana (ver Mapa 1). Los migrantes entrevistados en su conjunto recorrieron nueve entidades: Texas, Florida, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Georgia, Michigan, Mississippi, Indiana y Washington (ver Cuadro 1). Debían desplazarse continuamente en busca de trabajo, rebotaban como pelota. Tenían dificultades para conseguir empleo estable principalmente porque no contaban con redes de apoyo sólidas.

Mapa 1. Entidades de Estados Unidos destino principal de los migrantes tsotsiles de Los Altos de Chiapas

Figura 1

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[i] Fuente: elaborado a partir de la información proporcionada por las personas entrevistadas, junio de 2015.

Cuadro 1. Desplazamiento de los migrantes en Estados Unidos

Cuadro 1

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[i] Fuente: elaborado a partir de la información proporcionada por los entrevistados, junio 2015.

En las experiencias recogidas entre los migrantes chamulas existe una coincidencia: casi todos llegaron primero a Florida y luego a Carolina del Norte y Carolina del Sur. La mayoría no pudo quedarse en estos estados por mucho tiempo y se desplazó rápidamente en busca de trabajo hacia otras entidades, sobre todo quienes se ocupaban en los sectores de la agricultura y la agroindustria. Se dispersaron primero a lo largo de la costa atlántica, y de allí se internaron hacia el centro y norte del país. Se movían constantemente en dirección a lugares donde se hallaban oportunidades de trabajo, principalmente de corta duración en las zonas rurales. A pesar de que los constantes viajes implicaban un mayor desembolso, su movimiento también respondía a las fuerzas de repulsión: quizás, atemorizados, se alejaban de las grandes ciudades. En el siguiente apartado trataremos sobre las experiencias que narraron.

Cuatro experiencias de migrantes retornados que fueron a Estados Unidos durante el periodo de auge: 2000 a 2006

Entre los años 2000 y 2006, muchos indígenas chiapanecos migraron masivamente a Estados Unidos, lo que lograron con mucha dificultad, ya que se endurecieron las medidas de seguridad en la frontera entre Estados Unidos y México después de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, tuvieron más acceso a empleos en comparación con los que migraron durante la crisis que se describe más adelante.

Experiencia 1. Abraham J. salió de la comunidad Jolhuitz en busca de empleo en el año 2001 con destino a Los Ángeles, California. Cuatro años antes había migrado al estado de Nueva York su hermano, quien le ayudó como punto de apoyo para orientarse. Abraham migró en tres ocasiones: su primera experiencia duró cinco años. Luego volvió a Estados Unidos en el año 2008, para regresar de nueva cuenta a México en 2009. Posteriormente reingresó en 2012 al país del norte y retornó en 2013. Antes de salir de su pueblo trabajaba como arrendatario en San Pedro Buena Vista, Villa Corzo, Chiapas, cultivando maíz y frijol para su consumo.

Tras llegar a Los Ángeles, se desplazó a Massachusetts y luego a Florida. En la primera entidad trabajó en servicios de mantenimiento, concretamente en plomería. En los otros dos estados laboró en una empacadora y en el sector agrícola, dedicándose al corte de fresa, chile, calabaza y tomate; también trabajó en una plantación de naranja. En su primera experiencia migratoria ahorró dinero para contraer matrimonio. Después, ya casado, volvió a ingresar a Estados Unidos, y en esta ocasión las remesas que enviaba las invirtió en la construcción de su vivienda y en la compra de terreno a un vecino para ampliar su solar. En su tercera y última experiencia logró ahorrar para comprar una camioneta para carga y para utilizarla como apoyo en el cultivo de maíz y frijol que llevaba a cabo en San Pedro Buena Vista, Villa Corzo, Chiapas.

Experiencia 2. En 2002, Fernando S., de la comunidad de Ch’ul Osil, abandonó la parcela que alquilaba a un campesino ladino del municipio de La Concordia, Chiapas, que usaba para producir maíz y frijol para autoconsumo. Él migró con el apoyo de un coyote originario de Chamula y de un amigo suyo que había migrado a Estados Unidos previamente. Este último le informó sobre las oportunidades de empleo y lo orientó para llegar a Florida. Fernando migró porque muchas personas que alquilaban tierra en el Valle Central ya lo habían hecho y la mayoría enviaba dinero a sus familias con el que comenzaban a mejorar las viviendas. Por esa razón, no quiso perder la nueva oportunidad que muchas otras personas habían encontrado después de mucho tiempo de desempleo en Chiapas.

Una vez en Miami, se desplazó a West Palm Beach y por último a Orlando, las tres ciudades en el estado de Florida. Fernando fue uno de los migrantes que viajó en el contexto de mayor desplazamiento de chiapanecos a Estados Unidos. Tenía experiencia laboral en México como productor agrícola independiente, y cuando llegó a Miami trabajó en el corte de chile y de arándanos. En West Palm Beach se empleó como jardinero y como ayudante en construcción -en colocación y reemplazo de techos de viviendas-, y en Orlando laboró en jardinería y como ayudante de carpintería y construcción. En esta última ciudad, debido a una caída cuando reemplazaba un techo sufrió un accidente que le ocasionó una fractura grave en el pie izquierdo. Fue hospitalizado y, tras una intervención quirúrgica, quedó incapacitado durante un año; mientras se encontraba delicado de salud contó con el apoyo de una mujer migrante mexicana. Su ahorro lo utilizó para el pago de su manutención en Estados Unidos, por lo que su familia quedó en abandono. Él mantuvo la expectativa de que su salud física mejoraría, pero sus ahorros fueron insuficientes, por lo que decidió retornar.

Fernando S. regresó de manera voluntaria. Su intención era permanecer más tiempo en Estados Unidos, pero las circunstancias cambiaron, tanto a nivel personal como en el contexto laboral, a principios de 2006. Cuando retornó a su casa permaneció cerca de seis meses sin trabajar. En la medida en que mejoró su salud, volvió al trabajo agrícola, alquiló tierra en el Valle Central, pidió dinero a crédito con el prestamista de la localidad y comenzó a cultivar maíz, como era costumbre. Aunque intentó cambiar de ocupación, no obtuvo buenos resultados, como afirma: “Vendí chicles en Oaxaca y también en Villahermosa, Tabasco, pero no puedo estar parado mucho tiempo por el pie que se fracturó allá en el norte” (Fernando S., entrevista, diciembre de 2013)

Experiencia 3. Los jóvenes de la comunidad de Jolhuitz se ven obligados a migrar desde una edad muy temprana. Este fue el caso de Gerónimo J. que a los 16 años de edad abandonó su paraje, en el año 2003, para dirigirse a Altar, Sonora, a fin de trabajar como jornalero agrícola. En la región Altos de Chiapas no había trabajo, tampoco podía aspirar a una educación porque su familia carecía de recursos económicos, como la mayoría de las de su poblado. En Sonora se enteró de las ventajas que representaba cruzar la frontera a partir de la información que obtuvo de otros jornaleros agrícolas. Le hablaron de las oportunidades de empleo y de los mejores salarios, por lo que decidió irse a Estados Unidos con ellos cuando encontró la oportunidad.

Estuvo en el país del norte más de seis años, primero en Florida, trabajando tres meses en plantaciones, y luego buscó empleo en Búfalo, Nueva York, donde laboró diez meses en el sector agrícola. Posteriormente se desplazó a Georgia, donde consiguió un empleo durante cuatro meses, y luego a Florida, donde laboró tres años en el área de lavandería de un hotel.

Llegué a Florida, allí trabajé tres meses en el corte de hortalizas. Luego nos llevaron a Búfalo, Nueva York, en el corte de cebolla y en siembra de calabacita; ahí mismo trabajé en la empacadora de ejote y repollo durante seis meses. Por la nevada volvimos a Georgia. Lo mismo, trabajé en la empacadora, creo que fueron cuatro meses, pero se acabó el trabajo. Nos movimos a Florida, allí trabajé por dos meses. Es allí donde también hice amistades. Un amigo dijo que pagaban bien en el hotel, y pues me dije “voy donde pagan bien”, pues claro que uno va. Trabajé tres años. Me gustó mucho, daban comida y transporte gratis. Gané en hora extra entre 7 000 a 15 000 pesos a la quincena. Pagaba mi renta del departamento con otros trabajadores, éramos como seis personas. Con ese trabajo construí esta casa [en Jolhuitz]. El trabajo era en lavandería: lavado de toalla, sabanas, pero luego bajó el trabajo, como en el 2007, ya no daban horas extra. Luego solo alcanzaba para la renta, pero me aguanté dos o tres meses; no hay donde ir pues, no hay otro trabajo. Luego conseguí trabajo en un restaurante italiano, cerca de dos años tardé. Daban comida, solo daban dos días de descanso al año. Pero me cansé. Hablé con mi patrón y le dije que extrañaba mi familia. Donde quiera que se va uno siempre se está solo, ya extrañaba la familia, mamá y papá. Daba ganas de llorar, solo por salir adelante, nada más está uno afuera (Gerónimo J., entrevista, abril de 2014).

Cuando Gerónimo J. retornó, trató de establecerse en su poblado de origen, como otros migrantes. Le tomó algún tiempo acostumbrarse, y mientras tanto visitaba frecuentemente a sus familiares. Su intención era evitar el trabajo de inmediato, pues los salarios eran demasiado bajos en comparación con los de Estados Unidos. Con el paso de los meses sus ahorros se fueron agotando, por lo que buscó la manera de obtener algún ingreso e intentó llevar a cabo tres proyectos, pero fracasaron. Primero estableció una taquería en el municipio de Villaflores, Chiapas, luego estableció una frutería en Tuxtla Gutiérrez, la capital del estado, que tampoco funcionó, y posteriormente migró a Playa del Carmen, Quintana Roo.

Cuando regresé tenía un poco de ahorro. No trabajé medio año, solo construí la barda de mi casa. Cuando había dinero no pensé en trabajar, sino hasta que se acabó. Primero establecí el negocio de taquería en Villaflores, pero no funcionó, y luego la venta de frutas y verduras en Tuxtla Gutiérrez, tampoco resultó buen negocio, perdí 50 000 pesos. Después de que ya no tenía dinero me puse a trabajar por día o jornal. Estaba dando vueltas a la cabeza; como no conozco a nadie, fui a trabajar a Playa del Carmen, así nada más, sin conocer. Trabajé ahí cuatro meses como ayudante de albañil, eléctrico y plomero (Gerónimo J., entrevista, abril de 2014).

En la Riviera Maya ganaba a la semana 1 300 pesos mexicanos con los que costeaba comida, renta y transporte. Como era un trabajo poco redituable, volvió a su poblado para ocuparse como taxista con su automóvil, que adquirió con lo que ahorró en Estados Unidos. “Trabajar como taxista no se gana, solo se gana 30 a 40 pesos al día, aparte de que es caro la pieza del carro cuando se descompone, y la gasolina” (Gerónimo J., entrevista, abril de 2014).

Después de estos intentos de negocio, y tras la migración interna como consecuencia de las dificultades para insertarse en el mercado de trabajo en Los Altos de Chiapas, volvió a su hogar sin triunfar. Poco tiempo después contrajo matrimonio: “Solo estuve libre menos de un mes después de que me casé, y luego me designaron como patronato de carretera. Estuve un año en el poblado cuidando la carretera, no tenía nada de dinero, pedía fiado, qué más se puede hacer cuando nos meten a ese cargo” (Gerónimo J., entrevista, abril de 2014).

Debido a este nombramiento comunitario, entre los años 2010 y 2011 se dedicó al cuidado de la carretera que se estaba construyendo: “Perdí días, desde muy temprano hasta las cinco de la tarde”. En la entrevista dijo que tomaría nuevamente un cargo como integrante del Comité de Educación el 15 de agosto de 2015, por lo que mostraba descontento: “No sé por qué la gente me ha estado nombrando muy seguido. Quizás por envidia, porque ven que tengo mi casa y el coche, porque hay otros jóvenes que no han pasado al cargo y yo llevó dos veces. Eso no es justo” (Gerónimo J., entrevista, abril de 2014).

Experiencia 4. A continuación se relata la experiencia de Artemio J., de Ch’ul Osil, quien trabajaba como vendedor de paletas en Villahermosa, Tabasco. Decidió migrar a Estados Unidos porque mucha gente de su comunidad lo había hecho y él veía que enviaban dinero a sus familias y construían sus casas; Artemio no tenía vivienda. Migró en dos ocasiones, primero a Virginia y luego a Pensilvania, Estados Unidos, en 2004, pero retornó en 2005, y volvió a finales de 2007, para regresar a México a principios de 2010. La primera ocasión trabajó en el corte de tabaco por tres meses, donde ganaba dos pesos por cada estaca. Después trabajó en una compañía transportando material de construcción; en este empleo su labor consistía en cargar en la espalda sacos de cemento de varios kilómetros por una pendiente hasta un lugar donde estaban construyendo una torre. Ahí permaneció seis meses, y posteriormente se quedó sin empleo. Durante quince días buscó trabajo, pero no tuvo suerte. Volvió a su poblado porque no tenía dónde ni con quién quedarse: “No tenía familiares ni amigos en ese lugar” (Artemio J., entrevista, abril de 2014). La segunda ocasión migró a Carolina del Norte, donde trabajó en plantaciones de naranja. Ganaba entre 250 y 350 dólares a la semana, que equivalían a 2 725 y 3 815 pesos mexicanos, con jornadas de trabajo de ocho a diez horas. Después se desplazó a Michigan, donde trabajó dos meses en jardinería con jornadas de tres a cuatro horas diarias. Por último, se fue a Kentucky, donde trabajó cerca de dos años en el corte de tabaco. El propósito de Artemio J. era ganar dinero suficiente para construir su vivienda y volver con su familia. Durante su estancia en Estados Unidos enviaba remesas para que su esposa e hijos pudieran alimentarse y para el pago de la deuda con el prestamista. A su regreso no trajo ahorros suficientes para establecerse definitivamente en su poblado con su familia, por lo que se vio en la necesidad de migrar nuevamente, y en esta ocasión lo hizo a la ciudad de Villahermosa. Parte del pequeño ahorro familiar procedente de las remesas lo invirtió en la compra de un carrito para la venta de raspados. En el momento de la entrevista, la mayor parte del año vivía en Villahermosa, donde rentaba una casa con otros exmigrantes, y regresaba cada dos meses con su familia. Esperaba que en el futuro mejorara la situación para migrar nuevamente a Estados Unidos, pues: “Los coyotes están cobrando muy caro, y también porque está peligrosa la frontera por el narcotráfico” (Artemio J., entrevista, abril de 2014).

Cuatro experiencias de migrantes retornados debido a la crisis económica en Estados Unidos a partir del verano de 2006

Según los datos estadísticos de Rus y Rus (2008, 2013 y 2014), a partir de una muestra de estudio, fue durante el periodo 2004-2005 cuando más chamulas migraron a Estados Unidos. En 2005 todavía no se había producido ningún caso de retorno definitivo de migrantes. En 2009 comenzaron a regresar, muchos de ellos frustrados por el desempleo en el país del norte y porque no conseguían lograr sus metas.

A continuación nos centraremos en las experiencias de migrantes durante la época de la crisis. La mayoría de ellos salieron entre 2004 y 2009. Los he denominado migrantes de la crisis porque se vieron afectados duramente por la crisis del empleo en Estados Unidos a causa de la profunda recesión económica, solo comparada a la de 1929. No todos los casos terminaron en tragedia, pero una buena parte de esos migrantes no lograron sus objetivos ni alcanzaron las metas y expectativas que se habían fijado. Tampoco pudieron apoyar a sus familias y no mejoraron su posición socioeconómica. Las personas cuyas experiencias vamos a tratar en esta sección son completamente distintas a las cuatro referidas en la sección anterior.

Experiencia 5. Lázaro M., de la comunidad Ch’ul Osil, migró cuando apenas tenía 16 años de edad sin apoyo familiar ni de redes de migrantes. Puso su suerte en las manos del contrabandista de migrantes de su poblado y recurrió a un prestamista con el que contrajo una deuda. Con la ilusión de ganar dinero, apoyado en las expectativas de abundancia de trabajo en Estados Unidos, se lanzó a la aventura. Pero no consiguió el dinero para pagar la deuda mientras trabajaba allá, por lo que a su regreso tuvo que renegociarla solicitando una prórroga.

En el año 2006 migró a Carolina del Norte, y luego a Tampa, Florida. En la primera entidad trabajó en el corte de camote, tabaco y chile por cuatro meses, como enganchado, bajo el mando del contrabandista (raitero), quien disponía de su fuerza de trabajo. Si estimamos que los trabajadores indocumentados en el norte procedentes de Los Altos de Chiapas obtenían en ese año un ingreso promedio de 5.50 dólares a la hora ($110.00 pesos mexicanos, de acuerdo con la conversión de 2021) como jornaleros agrícolas, Lázaro M. requería al menos 182 horas de trabajo para desengancharse, lo que correspondía a veintidós días consecutivos con ocho horas de trabajo diarias. Sin embargo, requería una fracción de ese ingreso para sostenerse, para el pago de hospedaje, alimentación, ropa de trabajo y efectos de aseo personal, lo que provocó un aumentó en el número de días en situación de enganche. Las primeras semanas, para infortunio de Lázaro M., no había trabajo, por lo que apenas laboraba unas cuantas horas al día pocos días a la semana. Su único aliado era una persona adulta de su comunidad que se encontraba en la misma situación con quien se comunicaba en tsotsil.

Lázaro tenía poca experiencia y no conocía a otras personas en su misma situación de indocumentado que le ayudaran como intérpretes. El grupo de migrantes con el que salió de México se desarticuló pronto, pues algunos tenían familiares esperándolos en Estados Unidos y otros pagaron la tarifa sin tener que lidiar con el sistema de enganche. En cambio, Lázaro siguió el paso al contrabandista hasta Florida. En un periodo de tres meses ahorró 5 000 pesos mexicanos que envió para pagar los intereses de su cuenta con el prestamista. Transcurridos los tres meses en Florida, como el ambiente laboral no mejoraba se trasladó con el apoyo de un subcontratista a Carolina del Norte, donde estuvo cuatro meses. Ante la situación precaria y las pocas oportunidades en el mercado de trabajo, retornó a Los Altos de Chiapas sin el recurso suficiente para saldar su deuda. Mientras tanto, el préstamo, que inicialmente era de 15 000 pesos, con una tasa de interés del 10 % al mes, seguía aumentando. Ante la falta de pago, según la esposa de Lázaro, los prestamistas se mostraban “muy molestos”. Como eran varios los prestamistas, le resultaba extremadamente difícil saldar la deuda: “Tapa un hueco, pero abre otro”. Para pagarla, tras su retorno incluso trató de subsistir como jornalero, ofreciendo su fuerza de trabajo con tsotsiles horticultores del vecino municipio de Zinacantán, pero era poco redituable porque el trabajo era escaso. Para apoyar, su esposa tejía prendas artesanales la mayor parte del día, y el poco dinero que obtenía de la venta se destinaba al sustento de la familia.

Lázaro M. tenía dos hijos y residía en un terreno prestado. Su vivienda, de menos de doce metros cuadrados, estaba construida con costeras, con piso de tierra y techo de lámina. Cuando regresó a Los Altos de Chiapas, volvió a trabajar en San Nicolás, Zinacantán, como jornalero en un invernadero de flores. También trabajó eventualmente para algunos vecinos de su comunidad, pero el dinero que obtenía apenas alcanzaba para el sostenimiento familiar. Por si fuese poco, en 2014 fue nombrado miembro del Patronato de Agua Potable y la situación se tornó más difícil, pues esto significa que no podía emplearse; solamente laboraba uno o dos días a la semana para dar de comer a su familia, aunque sus compañeros del patronato lo desaprobaban. Por su condición precaria, Lázaro quedó decepcionado de su viaje a Estados Unidos y no tiene ningún deseo de volver a migrar.

Experiencia 6. Mario J., otro de los jóvenes que migró en plena crisis del empleo en el norte, arribó a Florida en 2006. Trabajó en las ciudades de Tampa y Jacksonville “pintando casas” con su hermano y otros paisanos de Ch’ul Osil, pero el trabajo no estaba bien remunerado, “pagaban muy barato”. Su intención era encontrar un empleo bien pagado para abonar mensualmente la deuda con el prestamista, “se supone debía pagar mil pesos, pero no se cumplía la meta porque dicha cantidad no se juntaba” (Mario J., entrevista, abril de 2013). Si estimamos que la cantidad mensual que enviaba en promedio al prestamista era de alrededor de 1 250 pesos, esto significaba que al menos requeriría de 16 meses para liquidar solamente el monto de la deuda, sin contar los intereses, que al 10 % mensual implicaban 2 000 pesos adicionales. Eso significa que la mayor parte del rendimiento que obtuvo por su trabajo pasó a manos del prestamista.

Según Mario, durante su estancia en el norte apenas apoyó con 10 000 pesos a su familia. Su intención era quedarse más tiempo, pero su hermano valoró que la situación empeoraba porque no conseguían empleo.

Después que terminé de pagar mi deuda con el coyote [se refiere al contrabandista en el lado de Estados Unidos], son dos pagos: del desierto al otro lado por la frontera tuve que pagarle al coyote veinte mil pesos, y del otro lado, el raite de Arizona a Florida, mil dólares. No pasamos libremente porque no es nuestro país. Y en eso se acabó el trabajo; después estuvimos batallando. Luego llegó el trabajo de pintar casas, con un señor puertorriqueño. Este señor era muy buena gente, no me presionaba, me decía: “No pasa nada, chico, no importa que tardes, lo que quiero es que quede bonito, como tú lo sabes hacer”. Estaba muy satisfecho con mi trabajo. Me pagaba cien dólares diarios. Ahí trabajé como un mes, junté treinta mil pesos; lo mismo, se acabó el trabajo. El patrón, dijo: “Quiero que esperes, mira, no te vayas, dentro de tres meses va a haber trabajo”. Pero tres meses allá… la vida es muy cara, no podía esperar. Estaba con mi hermano, pero ya se quería regresar. En ese tiempo nos quedamos sin trabajo, nos pusimos a platicar: “¿Qué estamos haciendo acá? No, pues yo me voy, extraño a mi esposa e hijos”, dijo mi hermano. “Pero es que yo todavía quiero quedar”, le dije. “No, es que está muy peligroso, es que te vas a quedar solo”. Hablé con mi papá [vía telefónica]: “¿Qué opinas?”. “No, es que estás solo ahí, está muy peligroso” (Mario J., entrevista, abril de 2013).

Mario prefirió regresar a su tierra antes que permanecer en una “ciudad tan grande y desconocida” sin la compañía de su hermano. Retornó sin cumplir sus metas ni sus expectativas y sin ahorros porque el poco dinero que adquirió en Estados Unidos fue para los prestamistas. Poco después volvió a migrar, ya dentro de la República mexicana.

Estuve un mes acá, luego fui a buscar trabajo a Tijuana con otro hermano, quien tiene un puesto allá, esta vez como vendedor de chicle de parte de mi hermano. Trabajaba para él. Me pagaba muy poco, pero dondequiera no dan un dineral. Pagaba mensual, pero no pagaba renta, comida y agua.

Tardé como un año, después me mandó a llamar para trabajar en su puesto [de artesanía], trabajé ahí como dos años. Ahí es cuando se me presentó la oportunidad, porque estaba otro señor que trabaja allá [Tijuana], pero dijo que ya no quería seguir y me traspasó el puesto. Tuve dificultad para hacer las ventas. Lo que es julio y agosto, la más esperada en el año, es una sola temporada que hay buenas ventas, pero en ese tiempo vendió toda su mercancía. En la temporada mala me dejó el puesto, tuve una deuda de sesenta mil pesos cuando adquirí el puesto (Mario J., entrevista, abril de 2013).

Llevaba la mercancía de Chamula a Tijuana cada cuatro meses. “Ya compré un terreno, ya me casé, ya tengo mi trabajo, ya me está yendo mejor, no tengo deuda” (Mario J., entrevista, abril de 2013).

Experiencia 7. Juan S., de la comunidad de Ch’ul Osil, trabajó desde 2000 a 2006 como vendedor de raspados en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, donde ganaba entre 80 y 100 pesos al día. Con el dinero de la venta adquiría su comida y pagaba la renta de un cuarto, además de que sostenía a su familia, que estaba establecida en Chamula, en el mismo estado. La situación deplorable lo obligó a migrar a Estados Unidos en busca de trabajo.

Para costear su viaje, acudió con el prestamista para solicitarle la cantidad de 13 000 pesos, con un interés simple del 10 %. Además, debía pagar al raitero la cantidad de mil dólares -en ese entonces equivalente a 12 000 pesos-, deuda que pagó con trabajo. “Cuando me fui, pensé, voy a comprar mi terreno, voy hacer mi casa. Pero cuando llegué allá, trabajo no había. Por eso no hice nada”. Cada semana le descontaban parte de su salario para el pago de su deuda con el raitero. “Así que pagué en siete meses, desquité”. Cuando no tenía trabajo, no disponía de dinero para sus gastos de manutención en Estados Unidos y se veía en la necesidad de pedir prestado para enviar como remesa familiar. “Cuando regresé a casa tardé casi un año en pagar [al] prestamista [de la comunidad], como no hay trabajo, pues” (Juan S., entrevista, diciembre de 2013). A su llegada trabajó:

Primero en una empacadora de juncia, pero como llovía mucho allá, solo tres días a la semana. Cada paca 75 centavos [de dólar], 180 dólares a la semana. Cuando no está bien amarrada la paca, no me pagaban, la metían a la máquina otra vez. En la empacadora de juncia dilaté casi un año. Ha sido menos el trabajo allí, no hay dinero. Mi suegro se quedó allá, pero no hay trabajo, solo para la comida, renta y luz. Ya tiene tiempo que no ha mandado dinero (Juan S., entrevista, diciembre de 2013).

Cuando concluyó su empleo en la empacadora en Florida: “Fui a buscar trabajo limpiando la vía del tren en Indiana, pero cuando ya no había trabajo, quedamos abandonados yo y mi suegro en una casa, encerrados casi como animales allí adentro, no [se] puede salir porque allí pasa la migra” (Juan S., entrevista, diciembre de 2013).

Posteriormente se trasladó a Jacksonville, Florida, donde trabajó dos meses, durante tres días a la semana, devengando un salario de cinco dólares la hora. “Luego terminó el trabajo y me moví a Kentucky. Estuve un mes y medio. Cortaba tabaco por 4 dólares la hora [aproximadamente la mitad del salario mínimo nacional, 7.25 dólares la hora]. Allá se gasta el dinero para el pasaje de Georgia a Kentucky, 700 dólares” (Juan S., entrevista, diciembre de 2013).

La mayor parte del dinero que ganaba lo utilizaba para buscar trabajo. Juan narró cómo subsistía cuando no tenía empleo: “Una sopa Nissin comíamos todo el día, no es mentira. Si cocinamos las papas, comemos sin tortilla; si se quiere comer tortilla, hay que comprar Maseca [harina de maíz] y tortear”. Además, temía porque: “Allá hay mucho peligro, una persona no puede caminar sola, los migrantes no pueden caminar en la noche […] los hombres de color que andan en grupos y te matan si no das para su cigarro, su refresco. A veces entraban donde rentábamos los trabajadores migrantes y sacaban dinero” (Juan S., entrevista, diciembre de 2013).

Respecto a las remesas, afirmó que: “Enviaba muy poco, a veces 300 o 400 pesos mensuales, solo para su maíz de mi familia. No hay cómo, pues, porque el interés del dinero prestado se suma”. A su retorno, como no consiguió ahorro para establecerse, volvió a Tuxtla Gutiérrez: “Porque ahí quedó mi material, mi triciclo, pero cambié mi trabajo, ya estoy vendiendo helado” (Juan S., entrevista, diciembre de 2013).

Experiencia 8. Miguel P. se desplazaba de Jolhuitz a San Pedro Buena Vista, Villa Corzo, Chiapas, donde alquilaba tierra para cultivar maíz y frijol. Había solicitado varios créditos a un prestamista de Chamula debido al aumento en la renta de la tierra, por lo que estaba sobreendeudado. En cada ciclo de producción se arriesgaba a la quiebra porque el precio del maíz era inestable, o bien aumentaba el costo de los insumos, a lo que se sumaba el aumento de los intereses. Otro riesgo era la presencia de contingencias climatológicas perjudiciales para el cultivo, como exceso de lluvia o sequías recurrentes. Por esa razón, Miguel y su cuñado levantaron la mirada hacia el norte como un horizonte posible para salir de la precariedad y pagar las deudas con el prestamista. Se dieron cuenta de que su situación no cambiaría si continuaban allí, por lo que abandonaron el trabajo en tierra rentada y migraron ilegalmente a Estados Unidos

Su punto de arribo en ese país fue Carolina del Norte. Se emplearon como ayudantes en la construcción, ganando 500 dólares a la semana, pero solo permanecieron dos semanas en el puesto. Con ese dinero pagaron su traslado a Carolina del Sur, donde trabajaron tres semanas en el corte de camote, pero solo ganaban 200 dólares a la semana. Después, su destino fue Florida, donde permanecieron dos meses; durante ese periodo laboraban uno o dos días a la semana en el corte de ejote, calabacita y tomate. El poco ingreso que obtenían lo usaban para costear la luz, el agua y el pago de la renta del departamento, aunque el gasto lo compartían con otros migrantes; el cuarto en el que vivían lo ocupaban cuatro o seis personas, cada una aportaba de mil a dos mil dólares mensuales. Cuando alguno no tenía trabajo solicitaba préstamos a otros migrantes para sostenerse mientras encontraba empleo.

En especial, Miguel hizo amistad con otros migrantes originarios de Puebla, de Pantelhó, Chiapas, y de Guatemala. Juntos viajaron a Washington, pero durante el primer mes no consiguieron empleo. Después trabajaron tres meses en el corte de arándanos, donde ganaban 300 dólares a la semana. Pronto se trasladaron a Indiana para trabajar en el corte de tabaco, donde obtenían entre 200 y 300 dólares a la semana. Un domingo, como acostumbraban, cerca del mediodía se dirigieron al supermercado de la ciudad para comprar; en la estación de gasolina, cuando pararon a cargar combustible, las autoridades migratorias se acercaron a ellos y les pidieron que comprobaran su permanencia legal en el país, pero al no tener documentos probatorios fueron arrestados. “Nos bajaron del coche, nos colocaron los brazos a la espalda, amarrados con plástico. Mi amigo dejó su dinero en la habitación donde alquilaba” (Miguel P., entrevista, diciembre de 2013).

Miguel fue deportado en 2008. Las autoridades estadounidenses pagaron su viaje en avión a la Ciudad de México. Una vez en el país, las autoridades mexicanas le costearon el pasaje en camión a San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. A pesar de ello, se sentía triste porque su deuda estaba pendiente. Pese a haber estado más de un año y medio en Estados Unidos, no logró ganar suficiente dinero.

Después de retornar trató de negociar su deuda con el prestamista: “Hablé con él, expliqué lo que me pasó allá en los Estados Unidos y me entendió, solo tuve que pagar el capital” (Miguel P., entrevista, diciembre de 2013). Para su fortuna, no pagó el interés generado hasta ese momento, aunque tuvo que solicitar otro préstamo para el cultivo de maíz y frijol en la parcela que alquilaba en el ejido de San Pedro Buena Vista, Chiapas. Con el dinero prestado compró fertilizantes. Trabajó doble jornada, y con el paso del tiempo mejoró su situación. Más adelante, dos de sus hijos migraron para aportar ingresos a la familia, el mayor de ellos a Tijuana, Baja California, donde trabajaba como jornalero, y el menor a Cancún, Quintana Roo, donde vendía paletas. Los hijos de Miguel enviaban el dinero necesario para sembrar el maíz para sustento de la familia.

El desempleo en Estados Unidos no le permitió a Miguel lograr un trabajo estable y bien remunerado, tampoco enviar remesas para el sustento de su familia. A su regreso se limitó a producir la cantidad de maíz necesaria para el consumo familiar, y no solicitaba dinero al prestamista porque representaba un riesgo.

Análisis de las experiencias de los migrantes

Se ha podido confirmar que el periodo de mayor auge de la migración de chamulas a Estados Unidos fue el primer lustro de la década de los años 2000. Estos migrantes emergentes, particularmente los indígenas de Los Altos de Chiapas, y en general los chiapanecos, no contaban con redes de migrantes sólidas ni de comunidades trasnacionales que facilitaran su arribo al país del norte. Por esa razón tuvieron que depender de la red de raiteros para conseguir empleo. Sin embargo, estos migrantes del auge tuvieron menos dificultad para conseguir empleo, por decirlo suave, y eventualmente ganaron mejores salarios en comparación con los que migraron en la segunda mitad de la misma década. Asimismo, encontraron menos dificultad para pagar sus deudas con los prestamistas, y el costo que pagaron a los contrabandistas fue todavía más bajo en comparación con los que migraron en el contexto de la crisis laboral del verano de 2006.

Los “migrantes del auge” lograron efectuar mejoras en sus viviendas y saldar sus deudas con los prestamistas. Además, les favoreció el mercado laboral existente previo a la crisis. Aunque tuvieron dificultades para insertarse en el mercado de trabajo debido a la ausencia de redes de apoyo entre migrantes y de colonias transnacionales establecidas, al final obtuvieron mejores resultados.

Entre los migrantes considerados para este estudio, se observa que pocos lograron ahorrar suficientes recursos para establecerse tras el regreso a su comunidad y que la mayor parte encontró obstáculos para la reinserción laboral en sus comunidades por la escasez de trabajo. Los migrantes de la fase del auge pretendían practicar una migración circular, es decir, migraban en función de las oportunidades de empleo en el norte.

Es diferente el caso de los migrantes que arribaron a Estados Unidos en busca de trabajo en el contexto de crisis. El mercado laboral se encargó de rechazarlos porque los empleos se tornaron más precarios y esporádicos, en general de baja remuneración. Los factores de atracción convencional operaron a la inversa, al menos durante el periodo más fuerte de la recesión económica, aspecto que dio como resultado el retorno de migrantes en condiciones adversas y sin ahorros, de modo que sus condiciones de vida no mejoraron. Algunos de ellos tuvieron experiencias dramáticas, particularmente quienes no pagaron los préstamos adquiridos a altas tasas de interés con usureros de sus comunidades, lo que ocasionó que se vieran obligados a volver a migrar; es decir, no lograron establecerse en sus comunidades en mejores condiciones, sino que se vieron en la necesidad de salir nuevamente en busca de trabajo, por lo que se vieron forzados a migrar de nuevo en busca de fuentes de ingresos. A estos los denomino “migrantes de rebote”.

Reflexiones finales

El análisis que deriva de las trayectorias laborales migratorias a Estados Unidos y de su correlato, el retorno de los migrantes, indica que la promesa de la salida definitiva al crónico desempleo en Chamula resultó poco viable. Incluso podemos afirmar que la migración laboral indocumentada a Estados Unidos tuvo consecuencias perjudiciales para los migrantes y sus familias. La gravedad de las experiencias de los trabajadores tsotsiles se relaciona principalmente con la falta de empleo a partir de la crisis laboral en el verano de 2006, ello aunado a la falta de redes de apoyo de connacionales, redes de migrantes y familias establecidas en Estados Unidos que podrían apoyarles mientras buscaban trabajo. Tuvieron que retornar porque permanecer en el norte era peligroso, inviable y costoso, además de que dejaban solas a sus familias durante más tiempo del previsto, en un ambiente de crisis económica severa, sin el apoyo de familiares ni de la comunidad.

En esta investigación se evidencia que el cierre de los nichos de trabajo exclusivos para migrantes, a la par de la ausencia de redes que dieran apoyo y cobijo a esos nuevos migrantes, fueron factores que contribuyeron para que sus experiencias no resultaran exitosas. Eso dio como resultado el retorno inevitable a sus lugares de origen, y la grave situación derivada de la falta de empleo tornó más débil la estabilidad en sus hogares, por lo que muchas familias se debilitaron y fragmentaron rápidamente (Rus, 2013). Ahora, los miembros residentes de la comunidad están conformados, en su gran mayoría, por mujeres, mientras que los hombres salen a trabajar fuera de manera continua. En este contexto, un grupo reducido de hombres prestamistas poseen más y mejores recursos a costa de los migrantes temporales. Hemos podido constatar someramente que la ausencia de redes de migrantes y de colonias trasnacionales fue relevante en el resultado de las experiencias migratorias.

En una siguiente investigación nos platearemos las siguientes preguntas: ¿Cómo repercute la migración truncada en las comunidades de Chamula y de los alrededores al no haberse resuelto el crónico desempleo que empujó a salir a los migrantes? ¿Cómo han resultado las nuevas experiencias de migrantes con permisos de trabajo temporales en Estados Unidos y Canadá?

Y, por último, queremos mencionar que la migración indocumentada de tsotsiles de Chamula a Estados Unidos durante la década de los años 2000 fue una estrategia temporal para amortiguar los efectos de una crisis muy profunda y prolongada que parte de mediados de la década de los setenta, cuando se conformó una clase de trabajadores fluctuante, de fácil portabilidad, con costos que se trasladan para quienes la practican y sus familiares. Esto indica que la economía global capitalista tiende a fortalecer las relaciones de explotación laboral, particularmente sobre los trabajadores transnacionales, ya que no se les ofrecen garantías laborales por su estatus como indocumentados en la sociedad receptora. En general, para los chiapanecos, y en particular para los tsotsiles, las experiencias migratorias truncadas representan el rompimiento de la cohesión social y ponen en riesgo la frágil estabilidad comunitaria de la que se dependía con los viajes a migratorios laborales a Estados Unidos Hasta la actualidad no ha variado en demasía la dinámica migratoria, pero recientemente se han incorporado de manera paulatina mujeres jóvenes. Muchos de los nuevos migrantes ahora cruzan la frontera con visa temporal de empleo, aunque todavía no se conoce si esta migración ofrece mejores resultados en comparación con lo que obtuvieron quienes se fueron como indocumentados. Todo indica que la visa de empleo temporal facilita la entrada a Estados Unidos, pero una vez que vence la temporalidad muchas personas prefieren perderse intencionalmente y conseguir otro empleo, de nuevo como indocumentados.

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