Introducción

Los giros historiográficos de las últimas décadas han abandonado, por suerte para el conocimiento del pasado, la obsesión por describirlo únicamente a través de los grandes hombres, acumuladores de poder político en un periodo determinado.1 Ello no impide reconocer el indudable aporte de investigaciones biográficas sobre un actor y la realidad política y social en la que se desenvolvió. También es conveniente recordar que el propio tratamiento histórico, y el expresado por medios de comunicación, han construido discursos para convertir en héroes o villanos a algunos de esos personajes. Manifiesto ejemplo de ello es el caso de Fulgencio Batista, el dos veces primer mandatario de Cuba, y a quien derribó la Revolución cubana en el tránsito de 1958 a 1959. La nueva Cuba prometida, deseada, y halagada o criticada con posterioridad, dependiendo de la visión política del analista, encontró en este dirigente cubano el cúmulo de todas las sustancias negativas propiciatorias del giro revolucionario.

Desde la década de los sesenta del pasado siglo la isla caribeña ha sido un modelo contradictorio de cambios políticos y sociales tras la victoria de los “barbudos”, encabezados por Fidel Castro. La Guerra Fría como trasfondo, tras el último conflicto bélico mundial, motivó la alineación de los movimientos transformadores de la realidad social con Cuba, situación tristemente aderezada con dictaduras políticas en el continente americano alejadas de la tradición liberal, constitucionalista, que había recorrido la gestación de muchos de los nuevos países surgidos con los procesos de independencia. Se trata de un experimento político, amparado por la URSS, que hoy sigue acaparando reflectores por las mutaciones económicas vividas en la mayor de las Antillas, tan visibles en el vivir cotidiano como lo son las continuidades en el establishment.

Chiapas ha visto, como otros territorios de América Latina, tales contradicciones, aunque su lejanía geográfica no ha significado intervenciones o interrelaciones tan nítidas como las observables en estados como los de la Península de Yucatán, Veracruz y, por supuesto, la Ciudad de México, siempre condensadora del poder en el país. Para mostrar lo anterior se presentan tres documentos de la prensa tuxtleca, escritos con una diferencia de veinte años entre el primero y los otros dos, en los que Fulgencio Batista recorrerá el camino de héroe a villano. Se eligieron estos documentos para exponer cómo Cuba es República hermana, ejemplo y referencia de una siempre querida solidaridad entre los habitantes de América Latina; un arielismo redivivo en el que México se convierte en eje y motor de esos anhelos caídos en desuso en los últimos años, pero que son un hilo conductor de un cierto utopismo representado, en muchas ocasiones, por las drásticas rupturas políticas como las imaginadas con la Revolución mexicana, primero, y la cubana después.

Cuba en el Chiapas contemporáneo: una presencia difusa

Las referencias más recientes a Cuba, alejadas de los cambios en la dirección política del país caribeño, remiten al arribo, durante la última década, de emigrantes ubicados en la frontera chiapaneca con Guatemala, personas decididas a cruzar el país en dirección al gigante del norte en busca de mejores oportunidades laborales, y de vida. La prensa chiapaneca se ha hecho eco de las dificultades vividas por estos cubanos que, procedentes de Sudamérica tras varias rutas de migración -iniciadas principalmente en Ecuador, donde los cubanos no necesitan visado para entrar en el país-, logran arribar al Suchiate en busca del sueño americano. Las historias personales alrededor de la Estación Migratoria Siglo XXI en Tapachula, con todos los relatos referidos a la violación de los derechos fundamentales establecidos por la legislación internacional para emigrantes, han trascendido la visión periodística para ser reflejadas en la narrativa cubana más reciente (Álvarez, 2017). Se trata de una situación paradójica con noticias e imágenes en las que el gobernador chiapaneco, Manuel Velasco Coello, aparece con el embajador de Cuba en el país, Pedro Núñez Mosquera, a principios del año 2018. Reunión surrealista, en términos discursivos, si se toma en cuenta que el gobernador estatal expresó que Chiapas “tiene la puerta abierta a quienes deseen conocer sus maravillas naturales y riqueza histórica”, algo que fortalecería la unión entre ambos pueblos.2 Son lugares comunes de un proyecto político retórico en los que se obvia la situación de los cubanos en suelo chiapaneco.

Estas noticias, sin ser constantes como en otros territorios mexicanos, muestran vínculos, incluso alguno posible de explorar desde la investigación social. A lo mejor, el caso más conocido sea el de los atletas que han colaborado en el desarrollo o profesionalización del deporte en Chiapas. Ejemplos recientes son los de Guillermo Morell Azcury y Roberto Moreno Rodríguez, el primero dedicado al boxeo y posteriormente instalado en Tabasco; mientras que el segundo es especialista en halterofilia. A pesar de estos últimos casos, la aparición más recordada en Chiapas, más allá de casos individuales, ha sido la de beisbolistas, una presencia iniciada en los años cincuenta del pasado siglo durante el mandato del gobernador Samuel León Brindis, aficionado al deporte de la pelota aupado por la inauguración en Tuxtla Gutiérrez del primer campo de beisbol local, el Panchón Conteras, en homenaje a uno de los impulsores de la actividad física en Chiapas.

Hoy en día, desde las Ciencias Sociales se aprecian las plumas y la labor docente de Alain Basail y Yoimy Castañeda, aunque la imagen histórica más evocada es la de una de las hijas de Calixto Guiteras Gener, miembro del Partido Revolucionario Cubano cuya cabeza visible fue José Martí. La antropóloga cubana Calixta Guiteras, aunque nacida en Estados Unidos, era la hermana del venerado en Cuba Antonio Guiteras (Taibo II, 2009), joven ministro en un periodo de tempestades políticas y promotor de propuestas reformistas consideradas precedentes de la futura revolución. Una vida segada por los miembros de la seguridad pública ya controlada por Batista. Su exilio mexicano llevó a Calixta a estudiar antropología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y desde entonces desarrolló labores docentes en el país e investigación en Chiapas en los proyectos llevados a cabo por la Universidad de Chicago, institución que mantuvo pesquisas en el sureste mexicano durante varios años encabezadas por el antropólogo Sol Tax (Albores, 1978; García, 2002), y de cuyos resultados destacan investigaciones sobre los pueblos indígenas de Los Altos de Chiapas (Guiteras, 1986, 1992, 2002).

La historia cubana es también mexicana

Lo expresado remite a un Chiapas lejano del Caribe, aunque con ciertas interacciones personales. Ello no impide recordar que México, desde el inicio del dominio colonial, fue un nexo recurrente en el tiempo entre la mayor de las Antillas y el continente americano. No hay que olvidar que desde la isla Hernán Cortés emprendió su campaña de conquista y que, a partir de entonces, ha sido parada del comercio intercontinental y, también, refugio tras los muchos conflictos políticos vividos en México y Cuba. Además de ello, los lazos políticos se han hecho presentes a pesar de la vigilancia, soterrada o visible, de Estados Unidos, país convertido desde su independencia en vigía de sus intereses en América Latina. La doctrina Monroe establecida desde principios del siglo XIX con miras a la intervención estadounidense en la región se amplió en Cuba con la enmienda Platt que, después de la independencia cubana lograda con el apoyo de Estados Unidos, otorgaba prebendas territoriales a su aliado del norte quedando reflejada en la misma legislación cubana (Zanetti, 2017:197-199). Es decir, con dicha enmienda, y a pesar de lograrse la independencia, “Estados Unidos mantendría una forma única de control colonial […]. Su influencia se mantuvo hasta mucho después de ser formalmente derogada en 1934” (Gott: 2007:169). En definitiva, una enmienda colonial que maniataba a Cuba para ejercer una real independencia, observable también como resabio del pasado merced a la base naval de Guantánamo.

Tal relación se hace más visible, para los intereses de este texto, con la aceptación de refugiados cubanos en los años cincuenta tras el golpe de timón político del general Batista, y el posterior arribo de los futuros dirigentes de la Revolución cubana a suelo mexicano, lugar donde la prepararon y del cual salieron en busca del poder (Ojeda, 2008:23-32). Sin embargo, se distanciaron las relaciones entre ambos países a partir de la década de 1990 debido a las estructurales reformas económicas efectuadas en México, alineadas a los tratados establecidos con sus vecinos del norte y los organismos internacionales (Benítez, Rioja y Domínguez, 2016:51), y que mostraban los cambios de intereses de ambos países, coincidentes con las alternancias políticas en México, ejemplificadas con el arribo de Vicente Fox a la Presidencia de la República en el año 2000.

Veinticinco años de Fulgencio Batista en la vida política de Cuba

La vida política del país caribeño tras su independencia en 1998 estuvo marcada por las ambivalentes relaciones con Estados Unidos y por la inestabilidad en sus gobiernos, en los que médicos y militares, como se ha hecho frase reiterada, controlaron los puestos decisivos del país durante décadas. Una de estas fluctuaciones políticas propició la aparición en escena del “tipógrafo mulato” Fulgencio Batista (Gott, 2007:206), un miembro de la conocida como rebelión de los sargentos efectiva en septiembre de 1933 para derrocar a Gerardo Machado, cabeza de un gobierno autoritario que a finales de 1932 vivía una grave crisis económica y social (Zanetti, 2017:227). A partir de entonces su figura, con mayor o menor poder ejecutivo, fue una constante pública hasta su defenestración en diciembre de 1958. Durante esos veinticinco años fue presidente constitucional entre 1940 y 1944, periodo en el que se aprobó la Constitución -1940- implorada con posterioridad como referente, incluso, por los revolucionarios tras su triunfo efectivo el día 1 de enero de 1959, momento en el que se puso fin al mandato de facto del general Batista iniciado en 1952. En los años de su dominio, o de poder en la sombra, el militar fue debatido desde un principio por su color de piel, aunque su legitimación, como ocurrió con otros héroes cubanos de origen africano -Antonio Maceo-, se produjo gracias al descubrimiento de “una raíz ‘indígena’ en su origen” (De la Fuente, 2000: 290). Su pragmatismo político encumbró a un militar de origen humilde a la más alta dirección del país y le impulsó a crecer en sus aspiraciones de promoción social y económica.3

Este periodo inició con un golpe de Estado justificado con el discurso de que el gobierno encabezado por Carlos Prío Socarrás iba a efectuarlo también (Rojas, 2015:28- 29). Las corruptelas y el descrédito de la política en los gobiernos de Grau y Prío justificó esa asonada militar y, como afirma Velia Cecilia Bobes (2003:22-23), se truncó el posible “desarrollo democrático y civil de la política cubana”. Este periodo de inestabilidad se convirtió en semillero de reclamos en busca de restablecer el orden constitucional. Así, y como parecía ser recurrente en la política cubana desde su independencia, los cambios en la dirección del país se decían revolucionarios como forma de ruptura con el pasado y porque, muchos de ellos, habían implicado el uso de las armas (López Ávalos, 2011:15).

Los vaivenes políticos de la isla, tan propios de la realidad de América Latina durante el siglo XX, tuvieron en Fulgencio Batista un referente que dirigió y controló el país de la mano de los militares que lo secundaban, y que crecieron a su sombra enriqueciéndose como una camarilla por la cercanía al poder que sostenían (Valdés, 2008). A pesar de ello, su nacionalismo, las reformas sociales que incluían las laborales, la enajenación de tierras públicas u otras transformaciones de carácter económico, se unieron a la abrogación de la Enmienda Platt para otorgar a su primer mandato un cierto periodo de tranquilidad social y, sobre todo, la anuencia del gigante del norte para que permaneciera en el poder. Ejemplo de su pragmatismo político lo demostró al legalizar al Partido Comunista Cubano, decantarse por el bloque aliado en la II Guerra Mundial y ostentar relaciones de complacencia y amistad con el dictador hispano Francisco Franco, quien también lo recibió en el exilio de Batista tras el triunfo de la Revolución cubana (Figueredo, 2016). De este modo puede entenderse el hacer político que tenía los resabios del evolucionismo decimonónico, como él mismo lo señaló en uno de los discursos expresados en su primera visita oficial a México: “Cómo México, nosotros buscamos hoy por la evolución, dentro del más pacífico empeño, por medio de tesonera acción reformadora, la fórmula feliz de conseguir, con un trato equitativo, una razonable justicia social por la educación, por el trabajo, por la libertad y por el derecho” (López Portillo, 2005:136).

En lo político el cuestionamiento del mandato de Batista se vivió como una constante de conspiraciones en la que la participación de los jóvenes estudiantes fue un elemento determinante y de resonancias en los futuros años. Con todas las diferencias, la caída de uno de los artífices de construcciones arquitectónicas admiradas de la actual La Habana, el dictador Gerardo Machado, también tuvo en los jóvenes activistas políticos un elemento referencial y del cual emergería la figura del futuro general Batista y (Gjelten, 2009:154- 155), con posterioridad, Fidel Castro.

La frustrada toma del Cuartel Moncada, encabezada por el joven Fidel Castro, se convirtió con el triunfo de la Revolución en un referente de lo que fue la lucha contra el ejecutivo del general Batista, un político dibujado como tan sanguinario desde el propio Castro, como lo fue el controvertido general español Weyler (Weyler, 2003), antes de conseguirse la independencia del país (Rojas, 2015:39). El propio Batista, ya exiliado, era consciente de estos argumentos al defenderse de sus críticos asegurando su “infinita tolerancia” y el “empeño nuestro de oponer a la guerra civil la cordialidad y la indulgencia tradicionales, hasta entonces, en la familia cubana” (Batista, 1963:20).

Cuando la Revolución encabezada por Fidel se acercaba al triunfo, Cuba era sobre todo un país marcado por la vida en el campo y donde su población vivía del agro, con una gran influencia del azúcar sobre otros productos. Era, en palabras de Rafael Rojas (2015:20), un país subdesarrollado y desigual, con claras islas urbanas representadas sobre todo por La Habana y Santiago. Una Cuba imaginada desde su vecino del norte como mujer, fruta madura o como infante aprendiendo, fue una exotización hecha metáfora para legitimar la tutela de la isla e inventar una otredad radical (Pérez, 2016); tal vez no ausente, con sus diferencias, tras la Revolución cubana y, hoy en día, con la expansión del turismo como fuente de recursos para el erario cubano. Sin embargo, la economía cubana durante el último mandato de Fulgencio Batista vivió relaciones tan complejas como la de las mafias, que todavía resuenan en la actualidad con los herederos de Meyer Lansky:4 “Charles ‘Lucky’ Luciano, el Jefe de Jefes de la Mafia, visitó La Habana en 1946 y de inmediato se sintió como en casa: he aquí una ciudad con casinos, pistas de carreras, burdeles, salones de cocaína” (Gjelten, 2009:185).

En palabras de Claudio Lomnitz (2016:101): “Los marcos de contacto creados por la entropía de la modernidad pueden generar reacciones nacionalistas extremas. Éste fue el caso de Cuba, donde la imagen de La Habana como burdel fue una motivación importante para que muchos revolucionarios se alzaran contra el régimen de Batista”. Imaginación foránea, pero también propia, para justificar un nuevo nacimiento, el de la “verdadera nación” con la Revolución cubana; mito que se construiría con la “hiperbolización” de ciertos hechos de la realidad (Rojas, 2012:143):

La revolución de enero rompe con el consenso anterior y alcanza uno nuevo que se logra, en no poca medida, a través de una redefinición simbólica de la nación, la identidad nacional y la resemantización de los valores centrales de la normatividad y la cultura política de la nación. Tal redefinición simbólica condiciona el cambio -desde arriba- a una ciudadanía militante, activa y participativa, que buscó anclarse en la tradición cívico-republicana que había presidido las guerras patrióticas por la independencia (Bobes, 2003:22-23).

Aclamar y vilipendiar a Batista. Su aparición en la prensa chiapaneca

La escasa cobertura y un precario análisis sobre la realidad internacional, trascendente a Chiapas y México, ha caracterizado a la prensa producida en territorio chiapaneco. Sin embargo, ciertos acontecimientos históricos de trascendencia mundial tuvieron reflejo en sus páginas, aunque muchas de ellas procedieran de otros medios escritos en la capital del país. En este caso, el primero corresponde a un editorial, mientras los otros dos cuentan con una firma. No existe la certeza de que el mencionado editorial haya sido escrito en Chiapas, sobre todo porque aparece en las páginas del órgano de la Federación Regional Revolucionaria del Trabajo, y corresponde a un momento histórico donde la construcción de instituciones políticas, y también de los sectores que formarían el partido de Estado, es visible de manera constante, al menos, durante el gobierno de los presidentes militares en el país.

El editorial se encuadra en la presidencia de Lázaro Cárdenas y ofrece referencias de interés analítico para establecer las relaciones entre Cuba y México, mediadas en el texto gracias a la primera visita oficial de Fulgencio Batista. Unas relaciones ratificadas por el país caribeño al concedérseles a los generales Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho la Gran Cruz “Carlos Manuel de Céspedes” y la Orden del Mérito Militar; mientras que Fulgencio Batista fue condecorado con el Collar del Águila Azteca, máxima distinción concedida a un extranjero por México (Herrera, 2014:148). Diplomáticos y políticos surgidos del hecho revolucionario mexicano no tuvieron ninguna duda en reflejar su “apoyo y comprensión” a la figura de Fulgencio Batista; con más razón sabiendo que la llegada al poder de los militares, encabezados por el sargento taquígrafo Batista, tenía en la Revolución mexicana un referente por su sello nacionalista y antiimperialista. Este sello, junto a la omnipresencia de José Martí, influyó en los movimientos estudiantiles y obreros que se convertirían en presencia imborrable hasta la Revolución cubana (López Portillo, 2005:136). Obreros que iniciaban su organización, con el beneplácito oficial, y la indudable participación del mexicano Vicente Lombardo Toledano (López Portillo, 2005:138), como se demostró en el Congreso Obrero Latinoamericano de la década de los treinta del pasado siglo, destinado a lograr la unidad de los obreros del continente (Herrera, 2014:72), y donde la delegación cubana mostró su interés por cohesionar su disperso movimiento obrero (Herrera, 2014:141-142).

La primera visita de Batista a México se efectuó gracias a la invitación del gobierno nacional, “y en calidad de huésped de honor de la Secretaría de la Defensa Nacional. Fue investido como embajador extraordinario, pues no tenía el carácter de Jefe de Estado”:

[…] fue objeto de homenajes, paradas militares, mítines obrero-burocráticos, distinciones diversas y atenciones por parte de los gobernadores de los estados por donde pasó […]. El Presidente del Partido de la Revolución Mexicana (PRM), Luis I. Rodríguez, destacó que […] “Fulgencio Batista es más que el Jefe del Ejército Constitucional de Cuba; es el símbolo de las aspiraciones del proletariado cubano” […]. “En el pasado Cuba y México tuvieron como representantes a Martí y Juárez; en el presente tienen como representantes y se sienten unidos por Cárdenas y Batista” (Herrera, 2014:140-141).

Para Lombardo Toledano, secretario general de la Confederación Mexicana de Trabajadores (CTM) fundada durante el mandato de Lázaro Cárdenas, y en clara oposición con el ex presidente Plutarco Elías Calles (Spenser, 2014:250), “la visita de Batista tiene el carácter de una promesa. Batista va por el camino de la democracia. El pueblo no lo hubiera recibido si no supiera que Batista va a mejorar la situación de su país” (Herrera, 2014:141).

Su recibimiento en el puerto de Veracruz lo reconoció como luchador contra la dictadura de Machado, a la vez que vislumbraba su ascendente político en su país, el mismo que le llevaría a ser elegido presidente en 1940. Por otra parte, un mes antes de esta visita, en Cuba se había llevado a cabo un congreso dedicado a constituir la Confederación de Trabajadores de Cuba. Fracasada la Internacional Obrera -1916- durante la Primera Guerra Mundial, en América Latina se produjeron distintos intentos de crear una solidaridad latinoamericana a través de los Congresos Obreros Latinoamericanos, el segundo celebrado en México durante el año 1938. No cabe duda de que el corporativismo en construcción durante el mandato de Lázaro Cárdenas influyó en su impulso, así como figuras como Vicente Lombardo Toledano, dos nombres que tuvieron un nexo constante con la mayor de las Antillas incluso tras el triunfo del movimiento revolucionario encabezado por Fidel Castro. Así, Fulgencio Batista, quien siempre expresó su admiración por Benito Juárez,5 apareció como un referente del vecino país, en consonancia con la halagada política del presidente Lázaro Cárdenas.

Lombardo Toledano, formado como abogado y doctor en Filosofía, destacó desde estudiante por su militancia política y, posteriormente, por ser diputado en varias legislaturas -incluso candidato a presidente de la República-, y su militancia sindical que lo llevó a la Secretaría General de la CTM de 1936 a 1940, puesto que también ocupó en la Confederación de Trabajadores de América Latina, y a la Vicepresidencia de la Federación Sindical Mundial. En momentos de corporativización del movimiento obrero en México (Spenser, 2014:251), como parte de la construcción del partido de Estado (Aguilar, 1990), Lombardo Toledano “fue un protagonista” por su “tesón descomunal” (Spenser, 2014:252). Este fundador de “sindicatos, periódicos, revistas y partidos políticos, promotor de la educación obrera, tribuno polémico e interlocutor de presidentes” ofrece, en su vida y acciones (Spenser, 2016:71), un panorama de los cambios políticos del periodo histórico, así como las contradicciones condicionadas por la geopolítica mundial con la Guerra Fría como trasfondo.

Una segunda visita a México la efectuó Fulgencio Batista en febrero de 1945, con el mismo distinguido tratamiento que la anterior. Él se asumió como “cercano amigo del general Cárdenas”, quien lo acompañó a varios estados que visitó y donde recibió el título de huésped distinguido en Jalisco (López Portillo, 2005:149):

En todas partes fue bien recibido, celebrado como un símbolo de su país, encareciéndose sobre todo su apoyo a la democracia y su colaboración a la victoria aliada. El escritor Mauricio Magdaleno […] escribió que era un “ejemplo de cubano, ejemplo de revolucionario, ejemplo de estadista y ejemplo de patriota” (López Portillo, 2005:151).

El cambio en las relaciones diplomáticas, aún con la presencia de Fulgencio Batista, se percibió con su asunción del poder saltándose el orden constitucional en 1952, cuando se produjo un enfriamiento en las relaciones entre ambos países y, sobre todo, la crítica al papel político de Batista por figuras que le brindaron su apoyo, como Cárdenas y Lombardo Toledano (Ojeda, 2008:24-28).

Lo contrario a la nota donde se narra y exalta la primera visita de Batista a México se observa en los otros dos textos, de características muy distintas por el momento en que fueron escritos, al mismo tiempo que constan de firma. En ambos, Cuba, y su revolución contra el gobierno de Batista, no son el primer tema de referencia, aunque la revolución cubana será mostrada como ejemplo, un modelo a defender frente a las consideradas injusticias en el país caribeño en el primer documento, y ante las desigualdades mexicanas en el segundo. Debido a la asunción del anticomunismo por parte de los gobiernos de Miguel Alemán y Adolfo López Mateos, y las tensiones sociales vividas con el movimiento sindical al frente en los años 1958 y 1959, aparecen figuras como las de Vicente Lombardo Toledano, Lázaro Cárdenas y los movimientos de izquierda nacional. Un Cárdenas que se reveló comprometido con la resistencia cubana al ya denostado Batista, como lo evidenció reuniéndose con el político comunista cubano Juan Marinello, opositor al régimen del militar (Servín, 2008:86). Acciones que se extendieron hacia la creación de un frente mundial a favor de la paz y la soberanía de los pueblos (Servín, 2008:87); tal vez por ello se mostró complaciente, y apoyó, a los revolucionarios cubanos que prepararon su movimiento armado en México (Servín, 2008:92- 93), posición secundada por Cárdenas al visitar la isla antillana ocho meses después de su triunfo y así “hacer patente su solidaridad hacia la revolución” (Ojeda, 2008:41).

Froilán Esquinca E(squinca),6 quien firma la columna “Tesis y Comentarios”, además de contrarrestar las figuras de Batista y Castro con abundante uso de adjetivos para loar al segundo, hace del movimiento revolucionario cubano un escalón más de las propuestas transformadoras latinoamericanas, por ello aparecen nombres tan dispares como Simón Bolívar, José Ingenieros o Emiliano Zapata. Así, el “idealista” Fidel Castro se convierte en un escalón más de tal imaginación de futuro con la “fecunda influencia mexicana”. Al mismo tiempo sobresale la referencia al periodista italiano Aldo Baroni, alguien que vivió en Cuba durante la dictadura machadista y quien con posterioridad, desde las páginas del periódico Excélsior, fue un constante crítico de la Revolución cubana (Reynaga, 2007:43), algo considerado por Esquinca como lógico por ser la “pluma más mercenaria de la prensa nacional”.

Aunque comparte con el anterior ciertos tópicos, el siguiente documento periodístico es mucho más extenso y está signado por Fabio Barbosa Cano desde una publicación de la preparatoria del Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas (ICACH), dirigida por quien fue uno de los periodistas de más amplia trayectoria en Chiapas, Carlos Ruiseñor Esquinca. La desigualdad en México, productora de pobreza y con permanencias medievales, es interpretada con claros tintes marxistas y se ejemplifica con el vivir de indígenas y a través de la “voz de la burguesía”, representante de los enriquecidos mexicanos. Junto a estas afirmaciones, resumidas aquí, se encuentran referencias a la condición de los emigrantes mexicanos en Estados Unidos y los males del sistema político, ya puesto en duda por su corrupción y coincidente con la efervescencia sindical de la época. Junto a ello el autor expresa, como lo hizo Froilán Esquinca, un pensamiento proiberoamericano que encuentra en el vecino del norte y sus empresas la antítesis al crecimiento independiente de los países y a la anhelada hermandad de Iberoamérica. Un desolador panorama para la América Latina deseada y que, como ocurrió con la Revolución mexicana, encontraba en la contraposición de sustantivos opuestos la separación entre el pasado, representado por Fulgencio Batista, y el futuro ofrecido con la incipiente Revolución cubana gracias a sus propuestas nacionalistas en pos de una “Cuba nueva”. Estas referencias se adornan con las referencias a socialistas utópicos como Henri de Saint Simon y al papel de los jóvenes frente a la reacción, y donde la figura de Vicente Lombardo Toledano se erige como estandarte de la lucha en beneficio de los trabajadores.

El necesario revisionismo, a modo de conclusión

Como ocurrió en México con la Revolución mexicana, el pequeño país caribeño ha visto cómo los estudios internos y foráneos han creado un cúmulo de informaciones destinadas a analizar la llegada al poder de Fidel Castro, así como el futuro político y económico de la isla. Muchos escritos con excesivo partidismo tienen a Fulgencio Batista como referente paradójico de la historia cubana; repudio y aprecio necesitado de nueva documentación y de un mayor rigor para revisitar el pasado cubano, hecho que en la actualidad ya está sucediendo.

No cabe duda de que el propio militar cubano, con posterioridad, defendió a capa y espada los logros de su gobierno y se enfrentó a las diatribas que lo consideraron dictadura y tiranía, al mismo tiempo que efectuaba furibundos ataques a sus opositores y, en especial, a todo lo que oliera a comunismo “desde que se instauró el nefasto régimen rojo en mi patria” (Batista, 1963:17). Paradojas, como tituló uno de sus libros, es un texto pasional escrito a la defensiva, un panegírico bien recibido por los movimientos opositores al castrismo. Es una obra ilustrada con cápsulas donde se indica la condición de Cuba antes de que fuera destituido: “El pueblo de Cuba disponía para su alimentación diaria de 2.682. El tercer lugar en la América Latina” (Batista, 1963:23); “Cuba dedicaba el más alto porcentaje en América Latina del gasto público para educación: 23%” (Batista, 1963:106). Expresa afirmaciones ampliadas, como justificación, con un apéndice estadístico que las secunda. Un libro excesivo, como lo han sido los duros ataques a su persona para justificar la Revolución cubana, como si sobre sí mismo recayeran todas las sustancias negativas de un periodo histórico, pero que tiene entre sus virtudes la ya nítida percepción de la inoperancia que la oposición castrista desde Miami ha tenido para conformar una alternativa: “Exteriormente, dos situaciones engendran el pesimismo del cubano: la ausencia de unidad y de coordinación idónea entre los exiliados, y la solución dada a la crisis surgida entre los Estados Unidos y Rusia” (Batista, 1963:135).

El mismo hijo del general, Fulgencio Rubén, ofreció una entrevista en la que también defendió la figura de su padre, “una personificación del mal” para sus opositores, además de los logros reformistas de su gobierno. Así extiende la queja al tratamiento historiográfico recibido por el gobierno de su padre:

-Si tuviera que definir la posición política de Batista, en general, ¿cómo lo haría? -Un día yo le pregunté eso mismo a mi padre. Él se consideraba un hombre de centro; con mucha sensibilidad por los más necesitados, […]. Incluso, después de la Guerra Civil española llegaron muchos refugiados republicanos que fueron bien recibidos; así como miles de otros países europeos. […] políticamente mi padre fue de centro; es decir, creía que era necesario apoyar a la clase obrera pero que al mismo tiempo había que dar las garantías al capital para que invirtiera en el progreso. Yo creo que en la primera época podría considerarse hasta de centro izquierda; el problema es que en Cuba en esa época casi todo el mundo era de centro-izquierda. En los años 30 se competía por lucir bien “progresista”. Hasta el Partido Conservador se cambió el nombre. El conservador cubano era de centro.7

El necesario revisionismo, que ya emprendió Hugh Thomas (1982, 2012), ha tenido continuidad con obras como la de Frank Argote-Freyre (2006), quien ha revisitado el mandato de Fulgencio Batista para complejizar su obra gubernamental por encima de la demonización de su figura por la historiografía cubana: “Su mente era muy sutil, entendía el poder y los mecanismos para manejarlo. Se convirtió en un hombre fuerte dentro de un gobierno débil […]. Hace tiempo debíamos haberlo visto con ojos más históricos y menos apasionados”.8

Una obligada crítica histórica que con la donación a la Cuban Heritage Collection -Universidad de Miami- de documentos por parte de los herederos del general Batista, aunque el grueso fundamental de ellos provenga de su exilio, debe ampliar el conocimiento del controvertido personaje y del periodo histórico en el que desempeñó su trabajo político.

En definitiva, los documentos expuestos y surgidos de la prensa chiapaneca no son únicamente una anécdota sobre las relaciones entre Chiapas y Cuba, y sobre la controvertida figura de Fulgencio Batista, sino que ofrecen vías para profundizar en investigaciones sobre los movimientos obreros en el Chiapas posrevolucionario, e iniciar otras sobre las ideas que circulaban en el sureste mexicano en tiempos de la Guerra Fría, y todo ello con el papel de fondo de la prensa como aglutinadora y creadora de opinión.

Documento 1. “Editorial. Fulgencio Batista, Nuestro Huésped”. En Alborada, núm. 47, Tuxtla Gutiérrez, 4 de febrero de 1939, p. 3

Documento 1

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[i] Fuente: Archivo Histórico del Estado, Hemeroteca-UNICACH.

Documento 2. Froilán Esquinca E., “Tesis y comentarios”. En La Tribuna, núm. 41, Tuxtla Gutiérrez, 8 de enero de 1959, p. 2

Documento 2

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[i] Fuente: Archivo Histórico del Estado, Hemeroteca-UNICACH.

Documento 3. Fabio Barbosa Cano, “Pronto sonará la hora de México…!”. En El Estudiante, núm. 24, Tuxtla Gutiérrez, diciembre de 1959, p. 8

Documento 3

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[i] Fuente: Archivo Histórico del Estado, Hemeroteca-UNICACH.

Documento 3b. Fabio Barbosa Cano, “Pronto sonará la hora de México…!”. En El Estudiante, núm. 24, Tuxtla Gutiérrez, diciembre de 1959, p. 9

Documento 3b

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[i] Fuente: Archivo Histórico del Estado, Hemeroteca-UNICACH.

Documento 3c. Fabio Barbosa Cano, “Pronto sonará la hora de México…!”. En El Estudiante, núm. 24, Tuxtla Gutiérrez, diciembre de 1959, p. 10

Documento 3c

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[i] Fuente: Archivo Histórico del Estado, Hemeroteca-UNICACH.