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Resumen

A partir de un trabajo etnográfico basado en estudios de caso, se muestra la percepción de vida y trabajo de cinco artesanas de San Juan Chamula, Chiapas, quienes dan cuenta de cómo, al aprender a tejer, su cuerpo y voluntad se combinan para llegar a ser expertas en el arte del tejido de prendas de lana de uso ceremonial, al mismo tiempo que efectúan las faenas hogareñas y del campo. De los testimonios de las artesanas se desprende, además, una estrecha relación con la etnoteoría pedagógica local desarrollada por Margarita Martínez que implica los ámbitos de la interacción familiar y la corporeidad. El relato biográfico y la memoria familiar dan cuenta del valor cultural que representa este tipo de producción exclusiva para la población local de Los Altos de Chiapas.

Introducción

El objetivo de este trabajo es presentar los resultados de una investigación acerca de cómo cinco mujeres de San Juan Chamula han llegado a ser artesanas expertas en la elaboración de prendas de uso ceremonial para los habitantes de Los Altos de Chiapas.1 Se observaron las actividades cotidianas que realizan estas mujeres, en las que el proceso de elaboración de los textiles de lana constituye el eje de su vida cotidiana, además de que les proporciona ingresos económicos.

En esta actividad entran en juego diversos ámbitos vitales y comunicativos como la corporeidad, la interacción familiar y la memoria, elementos que, al mismo tiempo, forman parte de las transmisiones culturales; en particular nos centraremos en el proceso de transmisión y recepción del saber relacionado con hacer tejido. Se encontró una amplia correspondencia con la etnoteoría pedagógica investigada por Margarita Martínez (2016), el xchanel-xchanubtasel (aprendizaje-enseñanza) de actividades valoradas por la comunidad, además de una relación entre biología y cultura ampliamente estudiada por Patricia Greenfield (2004) a partir de los años setenta entre las artesanas de Zinacantán, Chiapas.

Una de las autoras es originaria de San Juan Chamula, donde vivió hasta la secundaria en el seno de una familia en la que la madre era artesana. En la universidad, se planteó la determinación de registrar en su tesis la manera como se transmite el arte del tejido de madres a hijas y las labores asociadas, que incluyen la crianza de los borregos para obtener la fibra de lana y el proceso de tejido de prendas de lana para uso ceremonial.

La familia de las mujeres artesanas constituye un universo caracterizado por esta actividad, que se convierte en un eje articulador de la espacio- temporalidad de la vida cotidiana que involucra los siguientes ámbitos:

[...] la corporeidad, aprendida y transmitida a través de los sentidos para el “habitar”, los hábitos para la relación cuerpo/trabajo y las técnicas corporales; esto lo manifestaron las artesanas estudiadas con las palabras “el cuerpo manda”. También Greenfield (2004) enfatiza los modos en los que se enseña el tejido, lo cual tiene que ver con las prácticas culturales que modelan la motricidad de las infantes y les dota, desde niñas, de habilidades exclusivas para mantener por largo tiempo una postura corporal específica con el telar de cintura; la memoria familiar, conformada por el acervo de las transmisiones materiales y simbólicas, la educación y la ética, que expresaron las artesanas en los relatos; en el ámbito cultural se recrea la tradición, en el sentido de reconocer cambios en las permanencias de acuerdo con las especificidades de cada grupo cultural, en este caso vinculados a la autovaloración del trabajo y de la tradición.

El registro de las transmisiones familiares del arte del tejido: marco metodológico

El abandono paulatino de la calidad por la cantidad debido al ritmo impuesto por el mercado tiene consecuencias, y por ello se valoró la importancia de estudiar la vida de las artesanas especializadas en la elaboración de prendas ceremoniales de alta calidad. Para la elaboración del estudio se utilizó el método etnográfico, que incluye entrevistas a profundidad y registro de observaciones durante las estancias de cinco días en cada uno de los hogares de las cinco artesanas con las que se trabajó, quienes residían en los parajes de El Pozo, La Ventana y Romerillo de San Juan Chamula. El objetivo del estudio consistía, en primer lugar, en conocer sus recuerdos sobre cómo aprendieron el tejido y, en segundo lugar, en observar el proceso de trabajo del tejido en el contexto de su vida cotidiana, pues se trata de un acervo cultural antropológico que involucra la corporeidad, la casa y las relaciones familiares y comunitarias. En la Tabla 1 se muestra la matriz metodológica según la cual se organizó la observación de campo (ver Tabla 1).

Tabla 1 Matriz metodológica Variables Dimensiones Unidades de Análisis Unidades de observación (técnicas) Fuente: Elaboración propia.

Se trata de recuperar un conocimiento que se origina exclusivamente en el ámbito familiar y que ha forjado un sedimento cultural propio de las mujeres de San Juan Chamula; además, este saber representa un activo territorial que constituye un capital de conocimiento fuertemente arraigado a la tradición cultural e identitaria de los pobladores.

La familia constituye el ámbito de transmisiones y aprendizajes decisivos para la trayectoria biográfica de cada ser humano, al mismo tiempo que es un espacio privilegiado donde inician las peripecias de la corporeidad humana, principalmente mediante la socialización (Duch y Mèlich, 2009). En cuanto a la importancia del entorno familiar, Martínez señala que el aprendizaje de niños y niñas es altamente interactivo y colectivo tanto en el entorno familiar como en el comunitario; asimismo, menciona que los roles del aprendiz y del experto en ocasiones pueden intercambiarse en las distintas actividades que tienen lugar en la vida cotidiana (Martínez, 2016:119).

Además de las formas comunicativas que dirigen la atención de la aprendiz hacia el observar -ver-, son importantes otros elementos como la corporeidad y las “técnicas corporales”, “los gestos” y la “ritmicidad” aplicados a la tecnología y a los artefactos requeridos para el tejido de lana, así como las formas “afectivas” y “efectivas” de las relaciones familiares.

Los procesos de formación, expresión, sublimación y transmisión de la cultura -gestos, imágenes, instintos y razonamientos- se encauzan en el espesor de un cuerpo concreto o en la concreción espaciotemporal ligada a la contingencia y la transformación continua -valores, moral, afectos, hábitos- (Duch, en Solares,2008), y porque la cultura concreta da forma al cuerpo, lo adiestra para que el ser humano sepa utilizarlo de acuerdo con los modelos que en cada momento concreto le ofrece la sociedad.

En este sentido, se observa que la destreza de las artesanas y la calidad de los tejidos que elaboran son producto de un constante entrenamiento que comenzó en la infancia, en la interacción entre la madre tejedora y la pequeña aprendiz en la casa familiar.

Greenfield, en su larga investigación acerca de la elaboración de prendas textiles y la vida cotidiana de las artesanas tsotsiles de Zinacantán, observó “los modos” como se enseñaba el tejido y puso especial atención en las técnicas corporales, en esa interacción entre el cuerpo biológico y la cultura:

Observó que las niñas zinacantecas requerían apenas instrucción en técnicas corporales cuando aprendían a tejer; en concreto, las niñas de seis o siete años que tomaban por primera vez un telar requerían muy poca instrucción (Greenfield, 2004), lo cual coincide con las afirmaciones de Marcel Mauss, quien señaló que la iniciación es el momento más importante para la educación del cuerpo (Mauss, 1979:348), claro está, con las particularidades de cada tradición cultural concreta. En el caso de las artesanas de Chamula se observó que la corporeidad, en el sentido de los hábitos y sus implicaciones, se desarrolla desde el nacimiento y en el seno familiar. Las mujeres de este municipio realizan el conjunto de sus actividades diarias conforme a tres universos de trabajo: 1) las labores relacionadas con el tejido, que implican desde el cuidado del rebaño de borregos, pasando por la obtención de la lana, hasta el acabado de la prenda; 2) las labores y responsabilidades de preparar los alimentos, asear el hogar, acarrear leña y recolectar del sitio de la casa los frutos y verduras para cocinarlos, y 3) atender las responsabilidades comunitarias -algunas mujeres incluidas en el estudio las tenían, como una de ellas que además era partera y otra que era representante de grupo ante un programa municipal de apoyo a las artesanas-.

Cada una de estas actividades, según el universo de trabajo, implica el despliegue de técnicas corporales específicas, transmitidas fundamentalmente por la madre “dentro de los límites y las posibilidades de una cultura concreta” (Duch y Mèlich, 2009:19; Greenfield, 2004).

Resultados de la investigación

Se revisaron cinco casos etnográficos mediante entrevistas a profundidad y observación participante de la vida cotidiana, la casa y la familia de cada artesana; todas vivían en San Juan Chamula. Brevemente se retrata a continuación quiénes eran estas artesanas: Rosenda tenía 58 años, además de artesana era partera, pertenecía a la Iglesia pentecostal y vivía en el paraje El Pozo; Pascasia tenía 40 años, era católica y también vivía en El Pozo; Dolores tenía 53 años, se adscribía a la religión sabática, vivía en La Ventana y contrataba a varias mujeres que le ayudaban porque estaba enferma y no podía atender sola los pedidos que le hacían; Mariela tenía 32 años, vivía en Romerillo, su fe religiosa era la de los Testigos de Jehová, y junto con su esposo había organizado un taller para intensificar la elaboración de prendas, en el que tenía hasta cinco trabajadores, mujeres y hombres que eran familiares; por último, Juana tenía 45 años, vivía en La Ventana, y además de tejer desempeñaba un cargo comunitario como representante de algunos programas sociales, tenía una papelería y un molino eléctrico para nixtamal, y era de fe presbiteriana.

Se observa que las artesanas expertas en prendas de lana elegidas para esta investigación profesaban una variedad de credos religiosos. Todas estaban casadas, dos de ellas en segundas nupcias. El número de hijos que tenían estaba relacionado con la edad: las mayores -de 45 a 58 años- tenían de seis a once hijos, mientras las dos más jóvenes -de 31 y 40 años- tenían menos, dos y cuatro respectivamente. La artesana más joven fue la que intensificó su producción textil de alta calidad mediante la organización de su propio taller al que se había incorporado su esposo.

Entre las características comunes, además de ser artesanas activas, se encontraba la amplitud de la casa y del sitio o solar donde vivían, pues el menor era de 400 metros cuadrados y los más grandes de 2500. Las casas de todas ellas estaban construidas con cemento y block, con techos de teja y lámina y pisos de cemento, y contaban con los servicios indispensables. Es paradójico, para los ojos extraños, que la cocina fuera la construcción más sencilla; por lo general tenía techo de lámina, cuando el resto de la casa era de concreto. Todas poseían huertos y milpa en su solar, así como aves de corral y, tres de ellas, borregos, lo cual es un indicativo de las variadas e intensas jornadas de trabajo que cotidianamente realizaban, como puede observarse en la Tabla 2, en la que se detallan los trabajos que realizaban cotidianamente desde las siete de la mañana hasta pasadas las nueve de la noche. La observación in situ en los cinco hogares permitió organizar la diversidad de los trabajos que realizaban estas mujeres en tres tipos de responsabilidades: las familiares, las de trabajo artesanal propiamente y las comunitarias (ver Tabla 2 y Tabla 3).

Tabla 2 Jornadas diarias de las mujeres artesanas Hora* Actividad Fuente: Elaboración propia a partir de la observación de campo. * La hora indicada para cada actividad es aproximada y las actividades son las que comúnmente realizaban las mujeres con las que se trabajó.

Tabla 3 Concentrado de actividades que realizan las artesanas de Chamula Lista de actividades Acción Qué implica Lugar Responsabilidades familiares Trabajo Responsabilidades comunitarias Fuente: Elaboración propia a partir de la observación etnográfica, cinco casos.

Cabe destacar que, además del arduo trabajo artesanal, cultivaban en sus solares una gran variedad de hortalizas y frutales, además de una pequeña milpa de donde obtenían la mayor parte de sus alimentos frescos; asimismo, criaban aves de corral y, en algunos casos, los borregos que les proporcionan la fibra de lana. En la Figura 1 se presenta un diagrama con la variedad de productos que las artesanas cultivan o crían en el “sitio” de la casa (ver Figura 1).

Figura 1 Organización de los sembradíos y corrales en el sitio de las artesanas

En general, forman parte de familias rurales con ingresos suficientes; reciben subsidios monetarios de la Secretaría de Desarrollo Social -Programa de Inclusión Social Prospera y pensión para adultos mayores-, así como apoyos para su actividad artesanal -Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (FONART), sólo en un caso-.

Se observó, en concreto, que cada actividad que realizan requiere de un aprendizaje específico; cada movimiento o actitud corporal significa la adaptación del cuerpo a cada tipo de trabajo que llevan a cabo. En la Tabla 4 se aprecian las técnicas corporales y de movimiento que las artesanas realizan durante las distintas fases de la elaboración de prendas de lana (ver Tabla 4).

Tabla 4 Técnicas corporales aplicadas a la elaboración de prendas de lana Fase Postura corporal Fase Postura corporal Fuente: Elaboración propia a partir de la observación de campo.

Las técnicas y movimientos corporales habituales en el proceso de elaboración de tejidos son los mismos en el caso de las artesanas que tienen al menos 40 años de edad; ellas tienen un patrón de posturas y movimientos definido para cada labor. Sin embargo, algunas de las más jóvenes han “modernizado” su postura y sus movimientos en varios procesos; por ejemplo, las jóvenes se sientan en una silla pequeña en lugar de en el suelo para tejer en el telar de cintura. En el caso del abatanado, se observaron tres variantes posturales: 1) presionar con las manos, 2) apisonan con los pies o, la más usual, 3) sostener con firmeza el lienzo y golpearlo contra una piedra plana y pesada. La última es la postura más común observada, pero también la que provoca mayores riesgos de salud en la espalda, porque el abatanado consiste en que el tejido de lana adquiera una consistencia uniforme y compacta y ello se logra golpeando el lienzo de lana mojado contra una piedra plana, lo cual requiere de un gran esfuerzo. Por lo anterior, algunas de las mujeres terminan con lesiones en la columna. En algunos casos los esposos las ayudan haciendo el abatanado, sobre todo cuando el lienzo es muy grande, como en el caso del chuj.2 Las posturas corporales para la elaboración de prendas comunes las aprenden las niñas de sus madres o abuelas desde muy temprana edad. Las posturas más comunes para la elaboración de prendas de lana son: arrodillarse, sentarse sobre los talones, sentarse en flor de loto, sentarse en una silla y agacharse, entre otras posturas (ver Tabla 4).

Las jóvenes artesanas se especializan en alguno o en varios procesos según van experimentando cada labor, y eligen aquellas que les gusta hacer o las que hacen mejor; es así como se especializan.

Mauss reconoce un conjunto de técnicas y movimientos que clasifica como “movimientos del cuerpo entero”: trepar, pisar o andar, y como “movimientos de fuerza” (Mauss, 1979:352), como empujar, tirar o levantar los lienzos, que son técnicas aprendidas y no una serie de simples movimientos. El proceso de elaboración del tejido implica claramente “movimientos de fuerza”, como el abatanado.

Todas las actividades diarias que realizan estas artesanas de Chamula implican ritmos de trabajo que generan cansancio y calor; para recuperarse, reposan, y su descanso consiste en un cambio de actividad para relajar el cuerpo. Esta manera de reposo la explican a partir de dos expresiones comunes que representan la concepción con la que organizan sus actividades diarias: “el cuerpo manda” y “completar el día”.

Las mujeres artesanas tienen conciencia de los movimientos del cuerpo entero y de las técnicas corporales que emplean para cada tipo de trabajo que realizan, de tal forma que “obedecen las señales de su cuerpo”, tal como ellas mismas lo expresan. No obstante, en algunos casos, cuando aumentan los pedidos de prendas de lana lek meltsambil (bien hecho), no siempre obedecen al cuerpo porque tienen muchos encargos que deben entregar a tiempo.

La segunda expresión, “completar el día”, implica una valoración del tiempo de cada día; ellas aprovechan bien las horas pues siempre hay tareas que hacer. Aunque se sientan agotadas, manifestaron que lo que hacen es: “cambiar de una actividad a otra menos pesada para relajar el cuerpo”, según la señora Rosenda3 del paraje el Pozo.4

El cuerpo manda

Decir que “el cuerpo manda” implica una habilidad de entender el cuerpo. En este sentido, las mujeres artesanas explicaron cómo planificaban las horas del día para atender sus variadas y múltiples tareas: las responsabilidades de la familia, el trabajo artesanal y las responsabilidades comunitarias. Desde niñas, estas mujeres han entrenado el cuerpo para trabajar, como ellas lo expresaron:

Doña Dolores comentó: “En mi juventud recibía muchos encargos […] ahora sigo recibiendo pedidos, pero en menor cantidad que antaño, antes abatanaba7 a pie”. Ahora ella encarga esta labor a otras personas porque los años y la enfermedad han disminuido sus energías para trabajar. Sin embargo, afirma que continuará en el tejido: “hasta cuando Dios mande”.8 Juana dijo que tenía una gran habilidad para las labores del tejido, pero presentía que algún día ya no podría tejer más porque cansa mucho y siente que le está enfermando poco a poco.9 Aprender a elaborar prendas de lana es una tarea común en Chamula, pero lo que no es frecuente es encontrar artesanas expertas en fabricar prendas de calidad o lek meltsambil (bien hecha); sólo unas cuantas lo logran. Dependiendo de la habilidad de cada artesana, sk’obilal-o yu’un, que quiere decir que la habilidad para el tejido “la traen en sus manos”, según Mariela,10 o “es un don”, como dice Dolores.11 Estas artesanas son reconocidas como “las que tejen prendas de calidad” o jpas lekil k’uiletik.

En las entrevistas, cuando se les consultó sobre cómo llegaron a ser artesanas coincidieron en decir que se debía aprender primero a devanar la lana; la secuencia del aprendizaje de las actividades relacionadas con el tejido, afirmaron, se ha mantenido desde los tiempos de los antepasados.12

Las niñas comienzan a tejer a partir de los 12 años y a los 18 ya pueden elaborar una prenda completa para usar o vender. En las entrevistas, la mayoría de las mujeres dijeron que a los 20 años ya estaban casadas y tenían uno o más hijos; a esa edad es cuando las jóvenes artesanas comienzan a aplicar todo lo aprendido del tejido y a vender las prendas para conseguir ingresos para el hogar.

Las mujeres de Chamula consideran que una edad adecuada para trabajar en el tejido es de 20 a 30 años de edad. Así lo expresó Mariela, de 31 años. Ella dijo que tenía la edad adecuada para trabajar intensamente porque sentía que más adelante se no tendría fuerza suficiente; ella tenía tres hijos, el mayor de 11 años y la menor 8, por lo que Mariela y su esposo tenían que trabajar mucho para cubrir todos los gastos familiares.13

Las mujeres que tenían más de 45 años manifestaron que comenzaba a disminuir su fuerza y energía para trabajar, y era más difícil cuando tenían alguna enfermedad; por ello habían dejado de trabajar, aunque eso no quería decir que hubieran abandonado su telar. En algunos casos tejían algunas prendas para la venta, y en otros sólo tejían para algún miembro de la familia, como expresó doña Pascasia, quien de los 20 a los 30 años había trabajado intensamente: “hasta donde ya no aguantaba mi cuerpo, trabajaba de día y noche, pasaba algunos días sin dormir”, haciendo todas las labores del tejido para sostener a sus hijos. En el momento de la entrevista tenía 40 años y ya no podía ni quería trabajar como antes porque ya habían crecido sus hijos; dijo que “el cuerpo ya no aguanta tanto trabajo porque le provoca dolor de cabeza”. Por eso sólo elaboraba algunas prendas para vender y cubrir sus propias necesidades económicas; sin embargo, continuaba activa en los quehaceres de la casa y el tejido: “para completar las horas del día”.14

Se encontraron mujeres de 80 años y más que aún trabajaban realizando algunas labores del tejido; ellas inspiraban gran respeto y admiración entre las demás mujeres por su experiencia y por la calidad de trabajo que realizaban o habían realizado.

La señora Juana tenía una vecina de más de cien años de edad que sólo se dedicaba a hacer hilados para la urdimbre -hilo fino y delgado-, los cuales vendía a dos mil pesos en el mercado de Chamula, aunque para lograr esa calidad de hilo dedicaba muchos meses de trabajo. Juana comentó: “el hilo fino que hace la abuelita ya casi nadie lo hace. Ahora sólo hacen hilos muy gruesos o, si no, ya compran hilos industrializados para la urdimbre”.15

La madre de Rosenda, que también tenía más de cien años, aún se veía fuerte y capaz de cuidar de sí misma. Vivía sola en su casa, torteaba -hacía tortillas-, hilaba lana y cuidaba a sus tres borregos. Había dejado de hacer tejidos porque “ya no alcanza[ba] a mirar”, en el momento de la entrevista dijo que compraba toda la ropa de lana y que sus gastos los complementaba con los vellones que vendía y con los recursos del programa de pensión para adultos Amanecer que recibía.16

De acuerdo con los testimonios de las artesanas, el periodo de mayor productividad en el tejido es de diez años en promedio; después, paulatinamente disminuye el ritmo intenso de trabajo, al obedecer las señales del cuerpo, sin que se abandone la labor. Una de las expertas artesanas más jóvenes, de 31años, mantenía el ritmo de producción demandado por los clientes en un taller junto con su marido contratando trabajadores para las labores que requerían más fuerza. Era una estrategia innovadora para mantenerse en este nicho de mercado.

Completar el día

Una habilidad que tienen las mujeres artesanas de Chamula es realizar sus labores diarias sin descanso hasta terminar el día. Con “completar el día” las mujeres se refieren a optimizar el tiempo. Ellas entendían el cansancio no como agotamiento que requiere de reposo, es decir, de permanecer sin movimiento o actividad; lo que acostumbraban era solamente cambiar de actividad a otra menos pesada para que el cuerpo se relajara.

Ese aprendizaje del cuerpo en la relación entre tiempo y trabajo, de acuerdo con varios comentarios de las artesanas, lo aprendían de los padres y los aplican desde el comienzo de la adolescencia, intercalando sus labores diarias hasta “completar el día”. Como dijo Pascasia, la enseñanza durante su infancia partía de que en todo momento tenía que estar haciendo “algo”; cuando la madre la veía sentada “sin hacer nada” la regañaba diciéndole: “tienes que trabajar, ¿a poco tu comida la consigues de a gratis? Tienes que ocuparte, cuando seas grande nadie te va a dar de comer”.17

Así aprendió Dolores a hacer varias labores al mismo tiempo, porque desde niña, “la hacían trabajar”; ella no podía estar ni un momento con las manos cruzadas “porque cuando crezcas”, le decía su mamá, “nadie te va a dar dinero o quien haga tu ropa”. Ella tenía que preocuparse por su vestido.18

Acerca de “completar el día”, Juana consideraba que el trabajo más pesado era el tejido: “lo mucho que aguanto tejer es de cinco a seis horas continuas”. Cuando sentía cansancio realizaba otros quehaceres para completar sus horas del día; podía dedicarse a tareas relacionadas con la elaboración de prendas -devanar, coser, urdir, etcétera-, con el manejo de los borregos -que implicaba caminar- o con las labores del hogar -lavar la ropa, hacer la comida, etcétera-. Al entrar la noche trabajaba unas horas dentro de la casa, generalmente en el devanado, una actividad ligera para el cuerpo.19

Pascasia dijo que no podía estar sin hacer nada; aunque sintiera cansancio, tenía que ocuparse en algo. Para ella, descansar no era quedarse sentada, sino que cuando se cansaba de hilar o de realizar alguna labor textil se levantaba, lavaba ropa, hacía la comida o se ocupaba en otros quehaceres del hogar; para ella, eso era descansar, “porque relaja el cuerpo por el cambio de actividad continua”. Por ejemplo, cuando salía con su esposo llevaba sus hilos para tejer pulseras, y lo mismo hacía en sus ratos libres. Dijo: “donde quiera que vaya lo cargo mi trabajo siempre entre mi faja (ch’ikil o taj ch’ut kabtel), es poco que se gana, pero es algo para la tortilla o comprar lo que yo quiera comer”.20

Hay un compromiso y una responsabilidad por concluir los trabajos diarios.

Estos testimonios permiten relacionar que, entre las variadas técnicas corporales empleadas por las artesanas, aplican una relacionada con el rendimiento (Mauss, 1979:345), que ellas expresan como “completar el día”.

A las artesanas, el trabajo de tejer y la realización de otras actividades les provoca cansancio y calor, lo que tiene que ver con lo que escribió López Austin acerca del cansancio entre los náhuatl, quienes lo consideraban como una anormal distribución de frío/calor en el cuerpo (López, 1996:291).

En trabajos recientes respecto al diálogo con el cuerpo, la investigación de Enrique Eroza refiere las percepciones que tienen personas de Chamula en torno a las reacciones del cuerpo cuando existe algún malestar o dolencia, percepciones que están estrechamente relacionadas con la necesidad de mantener la funcionalidad del cuerpo para realizar los trabajos cotidianos, algunos de los cuales resultan muy pesados (Eroza, 2010:27).

En cada grupo cultural puede variar la forma del reposo. En Chamula, como refiere Juana, el cansancio provocado por las labores del tejido y otras se elimina también tomando pozol o comiendo alguna fruta, además de cambiando de actividad.

El tiempo que las mujeres dedican a sus quehaceres diarios lo planifican a través de su intuición corporal. En cuanto a la variación de actividades que realizaban a diario, las artesanas respondieron que el cambio de una actividad a otra se realizaba dependiendo del cansancio que sentían en el cuerpo, aunque, en relación con la planificación de las tareas artesanales, ordenaban mentalmente sus labores diarias de acuerdo con el número de pedidos que tuvieran. Si no tenían muchos compromisos de entrega de prendas, combinaban sus actividades dependiendo del cansancio del cuerpo a un ritmo más pausado; sin embargo, cuando tenían muchos pedidos, como afirmó Mariela, tenían que levantarse temprano y hacer sus quehaceres en el hogar para, terminándolos, comenzar a hacer sus tejidos, y sólo descansaban al terminar el trabajo propuesto para ese día.

Se encontraron algunas creencias acerca de las labores relacionadas con el tejido. Una artesana conservaba la creencia de que sólo se debía urdir los martes y jueves, nunca los lunes ni los miércoles: “no puede urdir porque creo que consume mucho hilo”.22 Sin embargo, esto no puede generalizarse entre las demás artesanas con las que se trabajó; por lo general, todas descansaban del tejido el domingo, cuando iban de compras al mercado de la cabecera municipal o asistían con sus familias a la iglesia o al templo.

Sólo Mariela, que se había especializado en una producción a mayor escala de prendas de alta calidad, se organizaba de diferente manera; ella trabajaba en el tejido de lunes a miércoles, y de jueves a sábado hacía labores distintas para relajar el cuerpo.

Se encontró mucha semejanza en cuanto a los horarios y las actividades de las artesanas con quienes se realizó el estudio etnográfico. Para todas estas mujeres, el universo de trabajo era el hogar.

A partir de los cuatro años inicia el aprendizaje de las labores hogareñas y del tejido; las niñas también deben aprender la forma correcta de vestir el traje y el buen comportamiento dentro y fuera del hogar. Este aprendizaje tiene una forma particular: la madre siempre lleva a la niña, que la acompaña en cada actividad que realiza; la niña observa y “juega” imitando a la madre, hasta que poco a poco va tomando un lugar activo en la realización de las tareas hogareñas o del tejido. Los aportes de las artesanas entrevistadas coinciden con las observaciones de Martínez (2016) y Greenfield (2004) en la importancia que tiene que las niñas observen e imiten la faena del tejido como un juego; por ejemplo, comienzan a adoptar la postura corporal para el manejo del telar de cintura con un telar pequeño de juego.

La familia es un lugar privilegiado de transmisión de conocimientos que permite cierta continuidad, pero también cambio. Pueden producirse variaciones en las técnicas y, en menor medida, en las tradiciones; un ejemplo es el apego valorativo conferido al uso de los trajes ceremoniales de lana. En entrevistas hechas a los consumidores, éstos manifestaron que durante su infancia aprendieron la forma de vestir los trajes, cada uno de manera diferente. Expresaron que aprendieron el uso del traje ceremonial de los padres y abuelos con el ejemplo y, en ocasiones, hasta llegaron a utilizarlos como autoridades; con estas transmisiones la cultura tsotsil mantiene una cierta continuidad en sus tradiciones. El portar el traje también implica adoptar una actitud corporal muy propia de las autoridades y sus esposas, una postura erguida y sobria.

Modelo educativo

Para Duch y Mèlich la educación es un acto ético, es donación. “La educación no es poiesis (intervención mecánica sobre otro), sino praxis, una acción cuya finalidad es ella misma […] la acción ética es nacimiento, libertad, iniciativa, creatividad y, por eso mismo, se opone al gesto puramente repetitivo y mecánico” (Duch y Mèlich, 2009:209).

Este sentido filosófico puede ponerse en evidencia en las características y modos en que se enseña a las niñas el arte del tejido. En su trabajo doctoral titulado Xchanel-xchanubtasel: lenguaje, acción y enseñanza en actividades valoradas entre los mayas de San Juan Chamula, Martínez parte de las teorías locales -etnoteoría- y documenta la naturaleza de los recursos comunicativos y la organización social que da contexto a la interacción entre la persona aprendiz y la experta en actividades valoradas en la vida cotidiana de la comunidad (Martínez, 2016:3).

La autora encuentra que el aprendizaje de actividades valoradas por la comunidad, entre ellas, por supuesto, el tejido -el xchanel-xchanubtasel en la lengua tsotsil de Chamula-, se encuentra inserto en el proceso de socialización que implica responsabilidad, colaboración, participación y el mantal:

Acerca del modo en que comenzaron el aprendizaje referiremos algunos ejemplos, como lo observado en la familia de Mariela. Ella y su esposo se levantaban muy temprano; mientras Mariela hacía las tortillas, el esposo entresacaba los mechones largos del tejido cerca del fogón y el hijo de 11 años, una vez se levantaba, iba a la cocina, miraba a los padres trabajar y, antes de ir a la escuela, sacaba un chuj para terminar de coserlo y se sentaba al lado de su papá platicando con ambos sobre sus dudas en el trabajo.

Este cuadro familiar muestra una interacción que inicia en la niñez más temprana como un paso o pasaje; comienza con el juego con los materiales y utensilios del telar y, después, la niña pasa a ser aprendiz porque la enseñanza ocurre sólo durante el tiempo en que se realiza el tejido o cualquier otra labor; se aprende haciendo, y haciendo juntas, hasta que la muchacha “llega a ser” una artesana.23

Personalmente, aprendí las labores del tejido viendo tejer a mi mamá; las hijas nos sentábamos a su lado trabajando, tejiendo o bordando. Ella tejía y ocasionalmente observaba nuestro bordado o tejido. Cuando teníamos alguna duda le preguntábamos y ella dejaba su labor para explicarnos. Si no le entendíamos mediante palabras, nos mostraba haciéndolo y nos decía: “mire bien cómo lo estoy haciendo porque luego ya lo harás tú sola”. De esta manera aprendíamos a trabajar y a hacer cada labor.

Además del trabajo, las artesanas aprendieron en el hogar y a través de sus madres formas de comportarse y valores, como la paciencia y la virtud del mantal, los consejos para formar “mujeres de bien”, y en algunos casos también aprendieron con castigos (Martínez, 2016).

Según se pudo observar, cada labor que implica el tejido o el cuidado de los borregos siempre está acompañada de una narrativa, por lo general biográfica. El aprendizaje se acompaña, así, de narrativas biográficas en las que figura el porqué y para qué se está aprendiendo. En este sentido, destaca el ejemplo de Pascasia que, al instruir a su hija en el arte del tejido, acompañaba la enseñanza con un discurso sobre el sentido de saber tejer: “para que, cuando sea grande, no le falte ropa ni dinero. Saber tejer su propia nagua para no tener que comprarla, ese dinero se debe gastar para otras necesidades del hogar”. Pascasia afirmaba: “Ahora que ella ya está casada [su hija] hace su propia prenda y la de su esposo también, y así se ayudan entre ambos a ahorrar sus dineros”.24

Juana ofrece otro testimonio de las transmisiones asociadas con el aprendizaje del tejido; recuerda aún las palabras que le dirigía su madre mientras la enseñaba: “Hija, tienes que aprender a tejer y hacer tus propias prendas; para cuando yo muera, no hay nadie quien te haga el favor y, cuando te cases, debes de saber hacer los trajes de tu esposo, así te defenderás de la vida”.25 Es un ejemplo de los valores personales y culturales que trasmiten estas artesanas a sus hijas para “saber defenderse en la vida”. Así, las mujeres artesanas se identifican en la transmisión de valores culturales junto con la enseñanza del tejido, que es también una parte de la memoria familiar porque recrea la tradición cultural; es, además de una acción tecnológica, un importante elemento identitario del pueblo de Chamula en el que las artesanas representan un aporte activo sedimentado culturalmente.

Memoria biográfica

En los recuerdos acerca de cómo llegaron a ser tejedoras asoma la gratitud, pero en algunos casos también el resentimiento, que se observó cuando manifestaron el rigor de la obligación de aprender a tejer; por ejemplo, Juana comentó que le pegaban con el “machete del telar” para que aprendiera bien y llegara a ser experta. En este sentido, también expresó gratitud hacia su difunta mamá: “porque esto me ha servido mucho en la vida”.26

Desde la niñez las artesanas aprendieron a usar la lana jugando con ella; las mamás les daban porciones de lana sobrante y reutilizada, y con ella aprendían alentadas por sus madres. El rigor y la exigencia iba aumentando con la edad de las niñas hasta que lograban hacer prendas “buenas” (listas) para vestirse; en ese momento comenzaban a utilizar vellones nuevos.

Otro ejemplo del rigor en la enseñanza lo refirió Dolores. Ella aprendió a carmenar primero, y después a hilar; si no torcía bien el hilo, le golpeaban la mano con el huso. Para aprender, contaba, lo que hacía era juntar los sobrantes de la lana que dejaban en el río donde lavaban los vellones y con ellos hacía sus propios tapados o chales.

En ocasiones, los recuerdos eran dolorosos por la ausencia de semánticas cordiales como buenas palabras, comunicación amorosa, palabras alentadoras o consuelo. Éste era el caso de Dolores, quien expresaba con tristeza sus recuerdos sobre cómo aprendió a hacer tejidos: “fue muy duro el trato que recibí de mi difunta mamá”.27

En otro plano, también el hecho de apoyar a las hijas para que estudien28 significa dotarlas de capacidad para lograr una autonomía económica frente a las precarias condiciones de vida de muchas familias de Chamula y de otras regiones indígenas.

Con respecto a la violencia que ocasionalmente acompaña la enseñanza del tejido, se observó una diferente actitud de reconciliación con los recuerdos: Dolores procesa el recuerdo de manera triste, a diferencia de Juana que valora el sufrimiento frente al logro.

Actualmente no todas las hijas de las artesanas son también artesanas, de manera que no se produce una relación de continuidad directa. En algunas familias, las hijas han dejado de ser tejedoras y se dedican a otras actividades, como en el caso de la familia de Dolores, Ella afirmó que, aunque sus hijas aprendieron a tejer, lo hacían ocasionalmente o sólo era una de sus actividades. La mayoría de sus hijas realizan otras labores alternativas al tejido para obtener ingresos, como bordar blusas, coser o tejer suéteres, entre otras, porque consideran que elaborar prendas de lana “cuesta mucho”. Por ejemplo, Juana afirmó:

La unidad familiar en este grupo de artesanas se mantiene y la relacionalidad dentro del hogar permanece; sólo se lleva a cabo un cambio de actividades y formas de generar ingresos en el hogar. Una buena parte de las madres y padres de Chamula valoran la educación como un medio para mejorar las condiciones de vida y se preocupan por enviar a sus hijos e hijas a la escuela. En este sentido, una hija que tenía un alto nivel de estudios expresó que: “es mejor tener un buen salario que permita comprar la nagua que dedicarse al tejido”30.

Aunque en esta investigación no se trató de realizar un cálculo de ingresos de las artesanas, se pudo apreciar que los casos estudiados corresponden a familias con ingresos medios en relación con el entorno. Se trata de un grupo que tiene mejor calidad de vida que la mayoría de la población de San Juan Chamula, que vive en extrema pobreza, con un alto grado de marginación (SEDESOL, 2014).31 En el municipio prevalece una gran desigualdad social, evidente, entre otros factores, por el impacto de las remesas que reciben algunas familias enviadas por los que han emigrado. Era el caso de Rosenda, cuyo marido trabaja desde hace varios años en Estados Unidos y le envía dinero periódicamente para sembrar la milpa y para el gasto familiar.32

A pesar de la creciente diversificación de las actividades económicas en San Juan Chamula, resulta de importancia reconocer la contribución de las artesanas a la economía familiar y en consecuencia, a la del municipio.

La migración nacional e internacional de la población joven de Chamula está generando un acelerado cambio en la vida cotidiana, es decir, en las formas de relacionalidad familiar y comunitaria; esto se manifiesta en una mayor demanda de prendas de lana de calidad por parte de las familias que han incrementado sus ingresos por esta u otras vías, considerando, además, que la calidad del atuendo es un signo de distinción y de prestigio en esta población.

Otra característica del “habitar” la casa es la de compartir el espacio-tiempo familiar entre el tejido, atender a los borregos y los quehaceres hogareños. Las mujeres destinan el “sitio” de la casa para hacer milpa, es decir, combinan el cultivo del maíz con frutales y verduras, además de criar animales de corral y de compañía; aunque el espacio sea reducido, lo mantienen lleno de sembradíos para el consumo propio, pero también de flores.

En cuanto a la organización de la producción agropecuaria de las familias artesanas observadas, la mayoría siembra y cosecha la milpa familiar, pero existe cierta distinción en la adjudicación de tareas: la siembra la hacen el esposo, los hijos y los nietos, mientras la cosecha la efectúan las mujeres, aunque puede haber variantes en cada familia. Por lo general, las mujeres atienden los sembradíos y la crianza de animales en el sitio -solar de la casa o huerto-, tareas que se llevan a cabo dentro de la casa, lo que da cuenta de la biodiversidad existente en el conjunto de las casas visitadas.

Conclusiones

El aprendizaje del tejido no se reduce a “saber tejer”, sino que tiene el objetivo de que las mujeres lleguen a ser “artesanas expertas”; además, esta actividad forma parte del proceso de socialización, que involucra el desarrollo de la responsabilidad, la cooperación y la participación. Implica una forma de vida con valor identitario, más allá del factor económico, y parte de narrativas que sólo en las familias tienen lugar.

El adiestramiento corporal inicia desde el nacimiento; se prepara a las niñas para que adquieran los hábitos de las artesanas y para que realicen el arduo trabajo del tejido además de las labores agrícolas y del hogar. Se encontraron coincidencias con la etnoteoría pedagógica, el xchanel-xchanubtasel (aprendizaje- enseñanza), en las maneras de conducir el aprendizaje de los niños y niñas apoyándoles para que fijen su atención mediante tres elementos: observar, darle a demostrar y el mantal (los consejos).

La mayoría de las mujeres artesanas de Chamula, ya sea que elaboren tejidos para uso común, para el turismo o para uso ceremonial como en el caso que se trata en este texto, afirmaron que están cambiando las actividades entre las mujeres más jóvenes, porque el trabajo o los estudios fuera de la comunidad han provocado transformaciones, entre otros factores, en el uso del atuendo tradicional, que se está sustituyendo por ropa occidental. En algunos casos, como en las familias del estudio, existe cierta libertad en el uso ocasional de ropa occidental, pero no se abandona el atuendo tradicional, sobre todo en los días de fiesta o durante las ceremonias locales, lo cual influye en la permanente demanda de prendas de lana de calidad e incluso explica el establecimiento de un taller para atender la demanda, tanto local como de los compradores que residen en San Cristóbal de Las Casas.

Los clientes de las artesanas son principalmente autoridades tradicionales y algunos habitantes de San Cristóbal originarios de comunidades alteñas que acostumbran “encargar” sus prendas con las artesanas expertas.

Las artesanas entrevistadas coinciden en sus apreciaciones acerca de la elaboración y uso de las prendas tradicionales en tres sentidos valorativos: el económico, por el ingreso que les representa a las artesanas -una prenda de calidad tiene un precio de hasta dieciocho mil pesos-, el simbólico-cultural y el de uso, sobre todo en el caso de las mujeres que regularmente visten la nagua de lana y procuran tener la posibilidad de adquirir una “nagua fina” para ocasiones especiales. Estos tres sentidos valorativos pueden ser diferentes para las artesanas o para las personas compradoras que sean autoridades, pues el valor simbólico-cultural expresa prestigio para las autoridades.

La apreciación estética de las prendas de lana tiene sus propias reglas: la finura de la urdimbre de la lana fina, como la hacían antaño, es altamente apreciada por las artesanas expertas, que reconocen la firmeza y textura del lienzo, además de su cuadratura. Se aprecia el arte del cálculo de la urdimbre y la hechura firme de la trama, a lo que se añade el teñido en negro sólido, que confiere firmeza a la prenda terminada, a la vez que una textura suave de los mechones de lana. Aunque esto último es difícil de apreciar para los neófitos, es altamente valorado por los conocedores. En este sentido, la forma en que lucen las autoridades con estos trajes significa una ostentación de prestigio, y por ello buscan a mujeres expertas para que los tejan.

Las actividades que cotidianamente realizan estas mujeres implican un intenso ritmo de trabajo y mucha planificación. En este sentido, se observó cómo mientras llevan a cabo una actividad aprovechan para hacer otra; por ejemplo, tejen durante el pastoreo. La jornada de catorce horas de trabajo promedio de estas incansables mujeres permite entender el sentido de verdaderas teodiceas prácticas como: “el cuerpo manda” y “completar las horas del día”, que orientan, consuelan, hacen soportable y dotan la vida de sentido y de responsabilidad. Pueden considerarse nuevas teodiceas que se configuran entre la joven generación de mujeres, como la educación: “es mejor tener un buen salario que permita comprar la nagua, que dedicarse al tejido”, como lo expresó la hija de una artesana con un nivel de educación más elevado. Resulta evidente reconocer la importancia del modelo familiar, que a duras penas se sostiene dentro de la estructura y de las dinámicas económica y política del entorno.

Finalmente, este trabajo responde a la necesidad de visibilizar la vida cotidiana de estas mujeres artesanas y a valorar la importancia del aporte de la etnoteoría local documentada por Martínez (2016) sobre las trasmisiones familiares en la corporeidad, el trabajo, las teodiceas prácticas de las artesanas y la memoria biográfica familiar.

Citas

  1. Duch Lluís, Mèlich Joan-Carles. Antropología de la vida cotidiana 2/2. Ambigüedades del amor. Trotta: Madrid; 2009.
  2. Eroza Solana Enrique. Las dimensiones visibles e invisibles de la vida social. Narrativas del padecimiento entre los Chamulas. Revista Pueblos y Fronteras Digital. 2010; 6(10):1-67. Publisher Full Text
  3. Greenfield Mark Patricia. Tejedoras: generaciones reunidas. Evolución de la creatividad entre los mayas de Chiapas. Sna Jtz’ibajom, Cultura de los Indios Mayas, A.C.: Santa Fe, Nuevo México; 2004.
  4. López Austin Alfredo. Cuerpo humano e Ideología. Instituto de Investigaciones Antropológicas-UNAM: México; 1996.
  5. Martínez Pérez Margarita. Xchanel- xchanubtasel: lenguaje, acción y enseñanza en actividades valoradas entre los mayas de San Juan Chamula. 2016.
  6. Mauss Marcel. Sociología y antropología. Taurus: Madrid; 1979.
  7. Pedraza P., M. Peralta R. Pérez Grovas. El borrego Chiapas. Una raza local mexicana de origen españo. Archivos de Zootecnia. 1992; 41:355-362. Publisher Full Text
  8. SEDESOL. Sistema de Apoyo para la Planeación del PDZP. Resumen municipal. 2014. Publisher Full Text
  9. Solares Blanca, Duch Lluís. Lluís Duch, antropología simbólica y corporeidad cotidiana. Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias-UNAM: Cuernavaca; 2008.